Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

En cuanto su padre abrió los ojos, el hijo hizo la pregunta.

—¿Qué has hecho?

Pero el padre estaba perdido, se incorporó de golpe en el catre, y los efectos de la adormidera lo tumbaron con un gemido. Se derrumbó, como lo había hecho tiempo atrás cierta torre.

Sus ojos, uno de cada color, desorientados, buscaban algo familiar a lo que aferrarse.

Y no lo conseguían.

Se llevó una mano, manchada de pegotes azules, a la frente, encarcelada en cabellos revueltos, como si pudiera arrancar el dolor que perforaba su entrecejo.

Gimió de nuevo.

El hambre asomaba en las mejillas. Estaba cubierto de mugre, salpicado de azul. Más un desecho que un hombre. Y la adormidera no ayudaba. Era un parásito que le robaba vitalidad.

Sin embargo, su hijo no tuvo compasión.

—¿Qué has hecho?