Suseia (Camino de Santiago 2) X
76%

X

El padre abrió los ojos, uno de cada color, y miró a todos lados sin comprender.

Estaban solos, el hijo le había dicho a frade Gutierre que atendiese a sus otras obligaciones, que él se ocuparía. Y el herbolario no había tenido razones para dudar. Suponía que, en aquel deplorable estado, la adormidera dejaría al cantero inconsciente buena parte del día.

Además, qué podía hacer él con un hombre que, según los persas, quienes habían disfrutado de las enseñanzas del gran Avicena en el maristán de Ispahan, debía estar encadenado.

No conocía cura alguna para la locura. Nadie la conocía. Su único remedio era rezar con fervor.

Tenía otros deberes en Antealtares, había oficios divinos, y en las cocinas siempre venía bien una mano, o en los huertos, pero se marchó con una promesa.

—Echaré un vistazo en la biblioteca —le aseguró al hijo marchándose—, tenemos una copia en latín del Canon de Avicena.

Había poco más que pudiera hacer.

Además, dejaba a un hijo con su padre, no había motivos para preocuparse.

Frade Gutierre se equivocó.