IX
—Dime cómo terminar...
Fue un bofetón. El pobre Juanchón no sabía de qué le hablaba Suero, continuaba en el herbolario, con frade Gutierre.
—No puede terminarse sin un maese —terció Sisnando—, os lo he dicho eminencia, necesitáis a alguien con experiencia. Que conozca la piedra. Necesitáis a alguien que lleve cuarenta años trabajando en las obras...
Lo interrumpió el arzobispo.
No se volvió, seguía mirando a Juanchón, pero no dejó que el otro siguiera hablando.
—Y que se llame Sisnando...
Y Sisnando disimuló. Ahora que ya no tenía el pelo cuajado de liendres, solía pasarse la mano por sus cabellos lacios y eso hizo, repeinarse, como si estuviera ante un espejo.
Suero atajó, como tenía por costumbre.
—Habla, explícate —instó a Juanchón.
Se había convertido en la mano derecha de Mateo. Pero obedecer era muy distinto a mandar. Y la comprensión caló a pocos, como llovizna que termina empapando.
—Yo sólo me encargo de lo que dice maese —reconoció Juanchón cohibido—. Cada mañana, temprano, almorzamos una torta y me dice lo que debo hacer... Y yo... Yo reparto el trabajo entre los arxinas.
El arzobispo, pese a los años, seguía teniendo una presencia imponente y, cuando se acercó al cantero, más pareció que fueran dos luchadores leoneses a punto de batirse. Eran dos colosos frente a frente.
—Hay que terminar —zanjó Suero—, la catedral debe consagrarse.
—Maese se pondrá bien —con apenas un susurro.
El Cuatrohostias no pudo callarse:
—¡Los cojones!
—Esa boca, Ruy —cortó el arzobispo.
Y el parón le dio alas a Sisnando.
—Eminencia, mejor será no contar con ello, debéis —inclinándose en una reverencia menos un pelo—, tomar una decisión calmada, sin prisas, y no es momento de traer a un nuevo maese de fuera, a alguien que no conozca las obras al dedillo.
Suero los ignoró a todos, incluso a los canónigos que revoloteaban por sus despachos.
—El rey de Castilla piensa fundar una universidad en Palencia, ¡ha hecho de las Huelgas panteón real! Y corren rumores de que planea echar abajo la vieja catedral de Burgos y edificar una nueva...
Se pellizcó aquel hoyuelo del mentón y cerró los ojos por un instante.
—Además, si la campaña que está armando contra los almohades triunfa, no le faltarán fondos.
Volvió a intervenir el Cuatrohostias.
—Saldrá. No hay hierro en las Españas que no esté dispuesto a presentarse para Pentecostés, le van a rapar las barbas al hideputa del Miramamolín.
El arzobispo asintió con pesadumbre.
—Podías haberlo dicho de otro modo, pero llevas razón —concedió Suero—. Y está Toledo, y su obispo...
Juanchón, que no sabía fingir, fruncía el ceño, perdido.
Y el arzobispo reunió paciencia.
—Hijo —le habló a un palmo, como a punto de soplarle una mota de polvo metida en el ojo—, nuestro rey Alfonso, rey de León y Galicia se la tiene jurada al castellano...
El Cuatrohostias había ganado confianza y volvió a inmiscuirse.
—Si lo engancha lo capa, ¡cagüen la morería! No le perdona lo de armarle caballero. Yo tampoco lo haría...
El arzobispo se volvió.
—¡Ruy! Vigila esa boca.
Respiró, calmándose. Y Suero añadió algo más:
—Zapatero a sus zapatos.
El capitán incluso dio un paso atrás. Y fingió darse dos puntadas en los labios.
El arzobispo asintió. Alzó las manazas de leñador y las apoyó en los anchos hombros de Juanchón.
—Hijo, escúchame bien, nuestro rey Alfonso, rey de Galicia y de León, no de Castilla —hablaba despacio, como si le explicase el misterio de la Trinidad a un novicio—, no quiere unirse a la llamada de la Corona de Castilla contra el moro. Hay viejas rencillas...
Juanchón, inseguro, asintió. Y el arzobispo continuó:
—Pero nuestro rey no quiere quedarse de brazos cruzados. Puede que incluso ande en tratos con los mismos almohades —reconoció con disgusto.
—¡La puta! —saltó el Cuatrohostias.
Y el arzobispo no se volvió, siguió enlazado con el cantero, y tampoco levantó la voz, simplemente dejó caer la amenaza.
—Ruy, lo tuyo es el hierro, no los discursos, si vuelves a abrir la boca, te excomulgo...
Y no esperó respuesta.
—Y nuestro rey —le siguió hablando a Juanchón—, necesita algo de gloria para la Corona, no quiere que su primo le haga de menos...
Juanchón, aún más inseguro, volvió a asentir.
—Hay que consagrar la catedral —sentenció Suero—, para ayer.
Juanchón iba a decir algo, pero el arzobispo lo detuvo sacudiendo aquel hoyuelo.
—O la consagramos, para mayor gloria del Señor y del reino, o la catedral dejará de tener el apoyo de la Corona. Y no será panteón real.
Calló, para dejar que sus palabras ahondasen en la conciencia del cantero. E insistió:
—Dime qué se necesita para terminar.
Podía, Juanchón, tener los sesos algo cortos para su enorme corpachón, pero había pasado de simple esportillero a aprendiz, y de aprendiz a oficial. Sabía usar la plomada, la escuadra, el compás. Sabía galgar, sabía empenar. Maese Mateo le había enseñado.
Así que consideró la petición del arzobispo muy serio. Casi podían verse los engranajes girar tras sus cejas.
—Para las torres quizás, a lo mejor, con suerte... Para las torres, si nada se tuerce, si no hay complicaciones...
Juanchón hablaba como si le pisaran los callos, con el ceño fruncido y las cejas enmarcadas en sudor.
—... Para las torres, aunque llevará más tiempo, con ayuda de la Virgen, podríamos apañarnos solos —reconoció al cabo, tras un instante que al arzobispo se le hizo eterno.
Y Juanchón se tomó un respiro, como si el esfuerzo hubiera sido sobrehumano.
—Para el pórtico...
El cantero dudó.
—Maese Mateo acabó echando a los monjes del escritorio... Para el pórtico...
Intentaba razonar en voz alta, pero se le hacía cuesta arriba a Juanchón.
—Para el pórtico... ¡Virgen Santa! ¡Faltarán las puertas! —acordándose de pronto.
Las manazas del arzobispo apretaron los hombros del cantero.
—Poco importan ahora las puertas...
Juanchón asintió, pero de lejos, perdido en algún lugar.
—Para rematar el pórtico... —intentó contestar.
No sabía qué decir.
—A lo mejor los monjes del escritorio se apañan con la pintura —rectificó con amargura, como si le doliese admitirlo—, pero tallar de nuevo al apóstol...
Algo de alivio había ganado su rostro a medida que hablaba, pero se desvaneció cuando, alzando los ojos para mirar al arzobispo, cayó en la cuenta.
—Y el parteluz, hay que terminar el parteluz... Maese dice que falta una pieza en la base del parteluz.
Casi podían verse los engranajes girando tras sus cejas, casi podían oírse.
Y Sisnando interrumpió:
—Eminencia —dijo solícito—, llevo cuarenta años con el ferruxo en la mano. Yo puedo hacerlo.
Fue como si le hubiera dado un puyazo. Juanchón, siempre afable, enrojeció de ira. Se desembarazó del arzobispo y, en dos zancadas, estaba junto al otro cantero.
Se convirtió en un vendaval que obligó al arzobispo y a su capitán a ponerse a cubierto, y que dejó tras de sí los gritos asustados de los canónigos, que dieron vueltas sin saber adónde ir, pero con la firme intención de alejarse de aquella montaña que, milagro, había empezado a moverse.
Sujetó a Sisnando por el pescuezo y lo levantó sin esfuerzo con un solo brazo, apretando con tanta fuerza que el otro se puso azul.
Nunca antes en su vida, y nunca antes después, Juanchón volvería a sacar aquel vozarrón ronco y autoritario.
De hecho, con aquel corazón que tenía, grande como una hogaza, toda su vida se arrepentiría de lo que hizo esa mañana en los despachos del arzobispo.
—¡Cierra la boca! ¡Por la misma Virgen! ¡Calla!
Ni a la suela de la bota, ¿me oyes? No le llegas al maese ni a la suela.
Aunque trabajases de sol a sol durante otros cuarenta años, nunca, ¡jamás!
, tallarías algo a la altura del maese. No eres más que un pedazo de mierda envidioso, ¿me oyes?
Un pedazo de mierda. Nunca ha habido nadie capaz de tallar como el maese, ¡nunca! El único que se acercaba era su hijo...
Y lanzó a Sisnando, que se estampó contra la mesa del arzobispo.
La madera se rompió. Cayeron papelajos, un tomo recién copiado en el escritorio, astillas y, en medio, Sisnando, con los labios azules, el rostro enrojecido y tosiendo con fuerza.
—¿Me oyes? Su hijo ha sido el único.
Una de aquellas bestias del pórtico, así lucía Juanchón entre los maderos rotos y los papeles que llegaron hasta sus pies y, tan brusco como había empezado, todo acabó.
Cuando miró hacia el arzobispo no había una pizca de la rabia que había lanzado a Sisnando como un pelele. Sólo vergüenza por el estropicio.
El arzobispo, sin embargo, se limitó a espantar a los canónigos que revoloteaban a su alrededor.
—Su hijo...
Juanchón quiso hacerse pequeño como un bichillo, se le llenó la boca de disculpas y la vergoña le tiraba de ellas hacia las tripas, boqueaba como pez fuera del agua. Suero tuvo que obligarlo a serenarse y a prestar atención antes de repetir la pregunta.
Y ahora sí, Juanchón pudo contestar.
—Sí, su hijo. Lo juro por la Virgen. Su hijo. Pero no ha vuelto al taller, lo dejó, ni siquiera visita las obras...
Aún tenía más que decir, aún quería explicarle al arzobispo que era inútil, que el hijo del maese no volvería jamás a coger la maceta y el cincel, no después de lo sucedido.
Quería decirle mucho más, pero no pudo. El arzobispo, como siempre, iba tres pasos por delante.
Y la orden que le dio al Cuatrohostias fue tajante.
—Tráemelo.