VIII
Sisnando ya estaba allí. No había perdido un instante. Y no se calló, ni siquiera cuando el arzobispo prestó atención a los recién llegados.
Fue tras él con palabras encadenadas. Aspavientos y explicaciones.
Pero el arzobispo lo ignoró.
—Repíteme lo que ha dicho frade Gutierre.
Juanchón, que se tenía en pie de milagro, no respondió. No podía responder. Pero contestó el Cuatrohostias:
—¡Una mier...! Milongas —rectificó—, nada útil. Lo ha dormido con uno de sus potingues, pero no tiene zorra idea de qué le pasa.
El hoyuelo del arzobispo trazó tres arcos seguidos sobre la pechera. Negó tres veces.
Y volvió a hablarle a Juanchón. Que tampoco supo qué responder.