VII
Iba tan rápido que Juanchón se mareó.
Sólo una vez en su vida se le había ocurrido montarse encima de un caballo, cuando aún era aprendiz.
El bicho se había desbocado. Fueron apenas unos trancos por la explanada de la Trinidad, entre los puestos de los canteros, pero bastaron para que Juanchón, más Juanillo en aquel entonces, cayera con estrépito y acabase vomitando.
Así se sintió mientras los tres canónigos tiraban de él por el interior del palacio del obispo.
Era imposible que pudiera responder.
Pero el arzobispo le espetó la pregunta en cuanto entró en sus despachos seguido por el Cuatrohostias.