VI
Juanchón tuvo que arriesgar los dedos. Él le abrió la boca al maese y el frade vertió la tisana.
Y, poco a poco, el maese dejó de luchar. El sueño lo encerró y quedó, como muerto, en uno de los catres de aquel remedo de hospital.
Juanchón se limpió las mejillas, sorbió los mocos y apenas se había apoyado en la gran mesa, llena de hierbajos, almireces y hongos, cuando alguien más entró.
—Su eminencia, el arzobispo Suero, quiere verte de inmediato.
Eran tres de los canónigos, arrejuntados como si les diera miedo separarse, extraños allí, tan pulcros y bien vestidos, en aquel batiburrillo de especias, cataplasmas y remedios.
Le hubiera bastado una mano para espantarlos a los tres con un sopapo.
Quería quedarse allí, con el maese. Pero tan grande y fuerte como era, no tuvo el arrojo de imponerse, se lo llevaron al palacio.
—¡Cuida de él! Por el amor del Cielo y la Virgen, ¡cuida de él! —le rogó al herbolario saliendo por la puerta.
Y allí estaba también el Cuatrohostias, renqueante y viejo, pero con aquella mala baba que lo mantenía en pie, les gritaba a dos de sus soldados.
—¡Al que se mueva...! ¡Me cago en la mezquita de Córdoba! ¡Al que se mueva le corto los dedos con tenazas oxidadas! ¡Y le arranco los cojones de un mordisco! Aquí, clavados, como si no tuvierais pies, ¿está claro?
Y el capitán salió tras los canónigos y el cantero.