IV
Un asesino.
Su padre era un asesino.
Una llave y un cortaplumas. Mateo conocía las respuestas. Cualquiera en Compostela las conocía.
Los demonios que plagaban el pórtico, los que quedaban aplastados por cada columna, se reían de él, incluso condenados por la Gloria sobre sus cabezas, lo miraban y disfrutaban con su sufrimiento.
Cacareaban burlas. Carcajadas. Lo señalaban.
Un asesino.
Tenía que hablar con el arzobispo, tenía que hablar con el capitán Ruy Ansúrez, tenía que entregar a su padre.
Y su padre sería ahorcado. Como su abuelo.
Debía entregarlo a la justicia.
Una llave y un cortaplumas. Y algo más.
Había algo más en aquella cuna de plata labrada. Un papel doblado. Frágil como la felicidad. A punto de romperse.
No había tocado el cortaplumas. Menos aún la llave. Pero dejó la caja en el suelo, entre sus piernas, al pie del parteluz, y metió la mano con miedo, como si pudiera cerrarse en una dentellada.
Lo desplegó, con cuidado, despacio, evitando que se convirtiera en ruinas entre sus dedos.
Sus dedos contaban su profesión. Heridas de gubias y trenchas, astillas clavadas, los callos de las herramientas. No eran tan distintas a las de su padre. Ahora daba vida a la madera, pero, durante un tiempo, acaso no había pensado en darle vida a la piedra.
¿Qué había sucedido?
Lo desplegó, despacio.
Y un gorrión echó a volar entre sus dedos.
Y el gorrión le apuñaló el corazón.