III
Gutierre se hizo a un lado, como si acabase de pisar una bosta, y Juanchón entró con una bestia enloquecida en las manos, con los antebrazos cubiertos de arañazos que escribían galimatías.
Aullaba, gritaba, mordía.
—¡Escuchad! Escoitade.
Eso fue lo que entendió, lo único. El resto era demencia.
Juanchón dijo algo. Aquel rostro, grande y redondo, franco, lleno de buenas intenciones, empapado de lágrimas.
Dijo algo que el frade no entendió, pero no se atrevía Gutierre a acercarse a aquella bestia que pateaba, mordía. Aullaba.
Juanchón lo repitió.
—¡Ayúdale! ¡Por la Virgen Santa! ¡Ayúdale!