Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

La culpa y el resentimiento batieron dentro de él como acantilado y galerna. Intentaron destrozarse el uno al otro. Y, al hacerlo, arrancaron jirones del alma del hijo.

Mateo escapó, se escurrió entre los andamios como una lagartija.

Y descubrió la obra de su padre. Se había negado a acercarse, no había vuelto a la catedral, aunque tuviera que dar un rodeo. No había podido hacerlo.

Y vio por primera vez.

Sus ojos se clavaron en los potes sucios, los goterones, las cortezas resecas de las tortas del viejo Cirilo. Las cagadas de paloma competían con los manchurrones azules.

Y la concha.

Había una concha, vieja, desgastada, como las que Gatón le traía de niño.

Se la quedó. La sujetó como si fuera a escaparse.

Era sólo una concha y, sin embargo, contaba la historia más larga, la más amarga.

La guardó, para su hija. Para regalarle la felicidad que a él se le había escapado. Barcos, océanos, una vida más allá del horizonte. La guardó para regalarle sueños a su hija.

Cerró los ojos, y al abrirlos, vio. Vio lo que no había visto antes.

También susurraban, hablaban entre ellos, afinaban los instrumentos, mostraban su mensaje, portaban los clavos, o la corona de espinas. Había allí un mundo hecho de piedra. Y estaba vivo.

Incluso podía reconocer los rostros. Y todos clavaban sus ojos en él.

Se mareó. Sintió arcadas.

—¿Padre?

Recuerdos. Resentimiento.

Amor. Odio.

Ira. Paz.

Clavaban en él sus ojos.

Y cayó de rodillas, el rostro empañado, el corazón en un puño. Y hubiera caído de bruces de no haber apoyado la mano en el parteluz.

Resollaba, contenía el llanto. Imágenes de su infancia, de su esposa, de la niña que crecía en su vientre, un torbellino. Un torbellino que lo sacudía.

Se sentó, intentó respirar, apoyó la espalda en el parteluz. Y descubrió la gamuza que había en el vacío, al pie. Y la cajita de plata. Y lo que había dentro.