Hijo y madre
I
Se lo llevaron.
—¡El anciano!
Se lo llevaron y gritaba como un descosido. Y los cuchicheos corrían por los talleres, las cabezas se volvían, las manos tapaban bocas.
—¡¡El joven!!
Afortunadamente, y fue la única fortuna de aquella mañana, Juanchón, con sus brazos de oso, podía apañárselas. Al cabo, de maese Mateo apenas quedaban más que hueso, pellejo y un matojo de canas alborotadas.
—¡La música!, non oídes?
Se lo llevaron.
Y Sisnando recorrió los puestos, habló con los canteros, con los sogueros, con los yeseros. No perdió el tiempo. Hablaba, escuchaba, señalaba al pórtico. Las lonas abiertas, desvirgadas, mostraban el estropicio.
—¡¡Acab y Acaz!!
Nadie se acercó. Estaban demasiado ocupados, o murmurando o escuchando a Sisnando. Todos menos uno de los nuevos esportilleros, un chicuelo bastardo de manceba de fraile que se echó de rodillas al suelo y se puso a rezar.
Juanchón se lo llevó en brazos, pateando, braceando, chillando. Mateo soltaba espumarajos por la boca, llamaba al arzobispo, a su hijo.
Y Juanchón, grande como un eclipse, apartaba el rostro para evitar arañazos, estiraba los brazos. Se lo llevó como a un gato lleno de zarpazos. Y Juanchón lloraba. Lloraba como un niño. Como había llorado cuando murió el xebo.
Mateo, el hijo, escapó. No tenía adónde ir. Pero le dolían las mandíbulas de tanto apretar. Le dolían las palmas de las manos, donde las uñas habían dejado cuartos de luna que sangraban. Le dolían los oídos, porque no entendía las palabras de Sisnando, pero las entendía igualmente.
Le dolía el alma, y escapó.
Al único lugar al que podía escapar.