XX
No se movieron.
Sólo Sisnando, arriba y abajo, conteniéndose por miedo a las represalias del capitán. Y señalaba de vez en cuando, hacia el andamio. Y al gesto no le hacían falta palabras.
—Os lo advertí —se traducía.
Los demás no se movieron.
Un hombre, la sombra de un hombre, sucia, desaliñada, encaramada en el andamio, ante el parteluz del pórtico, golpeaba. Rompía. Destrozaba.
Clanc.
Una y otra vez.
Clanc.
Cayó un pedazo, una dentellada brutal que se llevó mechones de barba, un trozo del cuello. Se estampó entre gotas azules.
Y Mateo, el hijo, saltó al andamio, se encaramó a lo alto, se detuvo junto a su padre, se mordió los carrillos, espantó las lágrimas.
Le dolía. Se partía el granito, y se le partió un trozo del alma, un trozo que tenía dibujos, retratos. Gorriones.
El hijo levantó la mano, dudó.
El padre levantó la mano, no dudó.
—Miña ánima —el padre.
La maceta cayó una vez más, una campanada en una iglesia que aún no había terminado sus torres. El Zebedeo perdió la nariz, quedo un socavón deforme que convirtió aquel rostro en algo difícil de mirar. Mirarlo producía vértigo. Mirarlo era mirar al abismo.
—Mi alma —repitió—. Xido entileger. Xido entileger...
El rostro del padre tenía sólo, sólo, un pellizco más de humanidad que el del Zebedeo. Estaba consumido, ceniciento. Calvas en la barba. Labios agrietados. Llagas. Mejillas hundidas. Y los ojos, uno de cada color, perdidos.
—No comprendí, no comprendí, no comprendí...
No se callaba. No dejaba de golpear.
Una y otra vez.
Clanc.
Clanc.
Una y otra vez.
Clanc, clanc, clanc.
El hijo tenía lágrimas en los ojos. El padre no tenía nada.
—Esqueriráronme, agiáronme. Me engañaron, me engañaron, me engañaron...
La voz ronca, deshecha, deshilachada. Y la maceta, el hijo lo vio, no era la de su padre, no era la que siempre había usado, la conocía, el hijo la había utilizado también.
El padre se la había enseñado a coger, el padre le había explicado cómo usarla para labrar la piedra. La maceta, el pico, el puntero. El martillo y el cincel. Le había enseñado.
No era la suya.
La habría sacado de alguno de los puestos de los talleres, la suya, la del mango de nogal, aquella tan vieja, aquélla estaba en los tablones del andamio, abandonada, y tenía encima un pincel, un pincel azul, que goteaba azul,
azul que se escurría por las rendijas entre las tablas y caía hasta el suelo.
Entre la arena y las esquirlas de granito.
—Esqueiraron. Mintieron. Me engañaron.
El hijo, callado, levantó la mano, el padre levantó la mano. Y el hijo detuvo al padre.
No se movieron. Nadie se movió. Ni siquiera Sisnando. Eran estatuas, piedra, como los evangelistas, como los profetas. Como los pecadores en la arcada derecha. Como aquel glotón.
—¿Padre?
Un susurro apenas, enredado en el nudo que le atenazaba la garganta, haciendo apenas fuerza, con miedo a romper aquella muñeca enflaquecida, aquel brazo consumido.
El padre intentó golpear de nuevo. No pudo. Y poco a poco, lentamente, giró el rostro hasta encontrar al hijo.
Aquellos ojos, uno de cada color, regresaron, poco a poco. Uno claro y uno oscuro.
Y los labios, escamados, agrietados, se partieron. Aquella voz rota dijo algo más:
—Demo.