XIX
El apóstol Santiago no tenía rostro.
Era una pesadilla deforme, una calavera aplastada por un derrumbe. La boca rota, descolgada, tuerto. La barba, como la de un cadáver, parecía agarrada al hueso, incapaz de pudrirse cuando el resto ya había sido pasto de gusanos.
Ya no era el apóstol, pese a la cartela que sostenía en una mano y el báculo en la otra. Era un muerto salido de la tumba.
Y el cincel mordía de nuevo la piedra.
Y la maceta subía y bajaba.
Cada golpe arrancaba piedra, carne. Se soltó un trozo de mandíbula, cayó al suelo, se deshizo en añicos.
Y la maceta volvió a golpear.
Una y otra vez, la mano del maese subía y bajaba, llena de experiencia, de años de práctica.
Una y otra vez.
Clanc.
Ni siquiera advirtió los rostros pasmados, los murmullos de Sisnando, las blasfemias del Cuatrohostias.
No los vio.
Una y otra vez, Mateo golpeaba el cincel.
Clanc.
Una y otra vez.
Y el apóstol se deshacía bajo sus manos. Aún el pecho y las manos eran reconocibles. Aún los pliegues de la túnica seguían siendo admirables, pero su rostro, su rostro era un amasijo deforme.
Clanc.
Una y otra vez.
No los vio. No se enteró. Sus ojos, uno de cada color, estaban lejos. Miraban más allá de su pórtico, más allá del coro, más allá de la catedral. Y farfullaba algo, entre perdigones de saliva. La maceta subía y bajaba. Golpeaba el cincel, un trozo caía, arrancado por el mordisco del hierro.
Maese Mateo farfullaba, golpeaba. Destrozaba su obra.