Suseia (Camino de Santiago 2) XVIII
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XVIII

Era una cochiquera.

Dos canónigos se taparon las narices como si entrasen en una cuadra, otro tropezó y volcó un cuenco, lleno de algo verdoso. Y más de uno tuvo que contener una arcada con aspavientos.

Pintura, comida, agua sucia. Trapos, retales y aquel camastro.

Incluso al Cuatrohostias se le cayó el alma al suelo. Había visto celdas moras mejores. Mejor que aquello habían estado los pobres desgraciados encerrados en el silo de Alarcos.

Había oído las leyendas, los moros los habían echado al silo, para meárseles, cagárseles encima. Sin agua, sin comida. Y se decía que un gallego había escapado de allí y que jamás había recuperado la cordura. Un atajador al que el Cuatrohostias había conocido, un tipo al que llamaban Fierro.

Ni siquiera aquellos desgraciados, en el fondo del silo de Alarcos, entre cagarros y meos, tuvieron que vivir así, como malvivía el maese Mateo.

—¡Por el puto turbante del puto profeta! ¡Me cago en las palmeras de Elx!

El cincel repicaba en la piedra.

Las esquirlas saltaban.

Y se desprendía arena. Arena que llovía sobre gotas azules. Gotas azules que pintaban cábalas y constelaciones en el suelo de piedra, a los pies del pórtico.

A los pies del andamio.

A los pies del maese Mateo.