XVII
Tuvo que ser Sisnando quien lo encontrase. Y tuvo que ser el Cuatrohostias quien lo mandase callar, con su habitual delicadeza.
—¡Cierra la puta boca! ¡¡Ciérrala!! ¡¡¡O te juro que te corto la lengua y te la meto por el culo hasta que te salga por las orejas!!!
Aún lo intentó Sisnando una vez más:
—Llevo años diciéndolo, no está bien de la cabeza...
Hizo falta que el capitán se volviese hacia él llevando la mano hacia la empuñadura de su puñal.
Al fin, Sisnando cerró la boca y todos pudieron volverse hacia las lonas abiertas al pie del andamio.
Con sueño pendiente, vestidos con prisa, apresurados, confundidos.
Juanchón, resollando por la carrera. Mateo, el hijo, con la mirada rodando por el suelo, avergonzado.
El arzobispo Suero, desencajado. El Cuatrohostias con ganas de hacerle honor al apodo, con quien se le pusiera por delante.
Y Sisnando, que había logrado callarse, pero que seguía bufando arriba y abajo, mordiendo las palabras, hirviendo argumentos que lo dejasen en buen lugar.
Todos al pie del Pórtico de la Trinidad.
Y no eran los únicos.
Estaban algunos de los arxinas, que habían llegado para trabajar y se habían encontrado el desaguisado.
Cuatro de los canónigos, dando vueltas, como siempre, alrededor del arzobispo.
Dos de los hombres del capitán, incluyendo aquel novato, que ya no era tan novato, el hijo del mercader de paños, que escaseaba de luces, pero que tenía brazos que habían aprendido rápido los métodos de su capitán.
Y todos escuchaban el repicar del cincel mordiendo la piedra.
No venía de los talleres, ninguno de los canteros trabajaba.
El ruido, inconfundible, venía del Pórtico de la Trinidad.