XVI
Mateo abrió la puerta.
Grande como un toro y bueno como pan recién hecho, Juanchón temblaba como una hoja al viento. Tan abochornado que parecía embadurnado en cinabrio del escritorio.
No pudo mirar al hijo del maese a los ojos.
Y apenas balbució cuatro palabras.
—¡La Virgen! Tu padre...