Suseia (Camino de Santiago 2) XV
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XV

Abrió la puerta.

Disgustado, huraño. Aquello no eran modos.

El arzobispo Suero continuaba pareciendo un leñador, aunque no podía negar que los años le habían caído encima. Había perdido una pulgada, le raleaban los cabellos, le habían salido manchas en las manos, y se había vuelto intransigente, más aún, quería las cosas a su modo. Sólo a su modo.

Y que aporreasen la puerta de sus dormitorios de semejante modo, no le hacía ninguna gracia.

Aún echó un último vistazo a su querido crucifijo, los golpes habían interrumpido una interesante conversación con el Señor.

Interesante y desagradable también. Con muchas preguntas llenas de angustia. El obispo de Toledo, flamante primado de las Españas, su eminencia Rodrigo Jiménez de Rada estaba en más que buenos términos con el rey de Castilla y se había ofrecido a acompañarlo en su batida contra los almohades.

Había sido el de Toledo el que consiguiera del papa Inocencio la dispensa de cruzada para vengar Alarcos, y los espías de Suero le decían que el obispado toledano pensaba en aportar, al menos, trescientos buenos hombres. Con el obispo en persona a la cabeza.

Pero aquellos asuntos de la guerra eran demasiado mundanos, lo que Suero había estado discutiendo con el mejor de sus consejeros había sido cómo frenar la vieja pretensión de Toledo de robarle a Compostela el arzobispado que Compostela le había robado a Mérida.

Y Castilla apoyaría las pretensiones de Toledo, ahora que Toledo había apoyado las pretensiones de Castilla.

Aquel asunto sí le quitaba el sueño al arzobispo.

Así que abrió, malcarado, con aquel hoyuelo suyo engurruñado, y rodeado de arrugas que habían traído los años, y la firme voluntad de darle un escarmiento a quienquiera que se hubiera atrevido a interrumpirlo.

No pudo hacerlo.

Con un candil en la mano, el sueño en la cara y legañas en los ojos, allí tenía a uno de sus canónigos, tan nervioso que bailaba en la punta de los pies, como si hubiera olvidado que debajo del camastro se guardaba la bacinilla.

—El cantero Sisnando quiere audiencia —anunció incapaz de mirar a los ojos de su superior.

Suero, raro en él, estuvo a punto de soltar una blasfemia. Y el canónigo comprendió de inmediato.

—¡Es el maese Mateo! Ha enloquecido...