Suseia (Camino de Santiago 2) XIV
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XIV

No eran horas de visita. Y los golpes retumbaban en los maderos como una galerna. Ambos se alarmaron.

No necesitaron hablar, ambos pensaron en lo peor. Pero no dijeron nada, ya habían tenido muchos tropiezos, demasiados, y a horas más intempestivas.

Era el cuarto embarazo de Elo, y aún no habían oído una risa infantil en aquella casa, aquellos golpes en la puerta, que no cejaban, pusieron sus nervios a flor de piel.

Fue Elo la que reaccionó.

Se había incorporado en la cama, y Mateo aún perdió un momento, no pudo evitar que, pese a las circunstancias, los ojos paseasen por los pechos, maduros y llenos, de su esposa.

—¡Ve! —ordenó ella sujetándose el vientre.

Cogió la camisola del suelo, donde la pasión de la noche anterior la había dejado y, vistiéndose, descalzo, atravesó la casa y bajó las escaleras.

Todo estaba limpio y ordenado. Era una casa modesta, pero llena de sueños.

Arriba había otra habitación, donde el propio Mateo había pintado una pared, un gorrión echándose a volar, un pajarillo para su niña, porque sería una niña.

Suelos de madera desbastada y encerada, tablones rectos que el propio Mateo había arreglado con lo aprendido en los talleres de la catedral. Una barandilla decorada con molduras, él las había labrado. Una tarde tras otra, mientras Elo entonaba canciones que alegraban el alma.

Era un hogar, lleno de sueños y esperanzas.

En la planta baja estaba el taller.

Pulcro y ordenado. En una pared, las herramientas colgadas, gubias, trenchas, azuelas. No había siquiera virutas en el suelo, y la gran mesa de trabajo, con las cicatrices de su cometido, bien encerada, con un torno de hierro en una esquina.

De las vigas colgaban tapas y cuerpos vaciados, a Mateo le gustaba curar las maderas, siempre decía que, cuánto más vieja la madera, mejor sonaría.

Había también una pila de garruchas con cuerdas enrolladas. En la tenería, al norte de la ciudad, había un morisco que trabajaba la tripa como nadie.

Y en la mesa, colocadas como soldados en formación, estaban las piezas. Del instrumento y de su futuro.

Ya sólo faltaba ensamblarlo.

Era único, de una belleza extraordinaria, un encargo del obispado de Toledo, del mismo obispo Rodrigo Jiménez de Rada, para su catedral, para celebrar el nombramiento como primado de las Españas.

Valía más que la casa entera.

Para la caja y el mástil, Mateo había usado la madera de un viejo cerezo.

Lo había encontrado en una casita del alfoz, almacenado entre los trastos de un tornero que había dejado viuda y tres chicuelos con mocos como velas.

Sólo quería la madera del cerezo, pero pagó por el lote, con polillas y chinches, para darle algo de consuelo a la mujeruca.

Y con sus preciosas vetas, que parecían flores, aquella madera le había entregado un sonido limpio, profundo.

Igual que había mirado los pechos de su esposa, tampoco pudo evitar un reojo a aquel motivo de orgullo sobre su mesa de trabajo, aun pese a las prisas.

Tilo, nogal y las clavijas de madera oscura, casi negra, que había conseguido gracias a su tío.

Se lo habían traído en una de las caravanas que suministraba el lapislázuli para la catedral, de tierras más allá de la costa mora, y había empeñado una fortuna para pagarlo, incluso con el buen trato que le había ofrecido su tío.

Las tirantas, las varetas y todos los refuerzos en cedro traído de Tierra Santa.

Los materiales eran únicos. Y su trabajo seguía consiguiendo que se le encogiese el corazón. Era lo mejor que había hecho en toda su vida, no lo dudaba.

Le había costado semanas. Dibujando, usando el compás, comprendiendo las aritméticas tras las curvas, o intentando comprenderlas.

Mateo, aunque no lo reconociese, era el hijo de su padre, había vivido con la regla, la escuadra, la plomada.

No tallaba la madera apoyándose en la inspiración.

Sus dibujos eran fruto de horas meticulosas en las que la geometría y sus números, los mismos que había aprendido con su padre, lo eran todo.

El tercio, el quinto, la tirada de la cuerda tensa, la elipse que se podía crear si, en lugar de usar un solo centro se usaban dos.

De hecho, tenía en el taller un salterio modificado, al modo griego, una cuerda con un peso que le permitía variar la longitud y descubrir cómo las notas mudaban al cambiarla.

Le apasionaba la relación entre el tres y el dos, la razón entre ambos y los intervalos de quinta justa que producían. Gracias a Zonio, Mateo había podido leer al latino Boecio y, al descubrir las matemáticas tras la música, había decidido que quería construir instrumentos.

No había vuelto a la cantera, ni a las obras, pero trabajaba como su padre lo había hecho trazando las monteas de los arcos.

Cuando aún vivía el frade Zonio, solía exclamar, cada vez que veía un instrumento terminado.

—¡Puede verse la mano de Dios!

Y Mateo nada replicaba, porque le hacían falta los encargos, porque necesitaba el visto bueno de Zonio, pero en un susurro, sin que el frade lo oyese, murmuraba siempre lo mismo.

—Son los números. No Dios.

Y aquel último trabajo era fiel reflejo de aquello que, aunque le pesase, había heredado de su padre.

Jamás había conseguido una talla igual. En el mástil, el labrado se trenzaba en un laberinto. Y en la caja se abría en caminos sinuosos, envolviendo el asiento de la rueda.

Había conseguido incluso marfil.

Tuvo que mirarlo, estaba orgulloso.

No pudo evitarlo, se quedó embobado.

Había empeñado hasta su último maravedí, tenía que entregarlo en Toledo, en la catedral. Lo llevaría en persona. Un par de semanas más, para rematar, y luego haría el viaje. No podía fallar. El arzobispo lo había dejado claro, tenía que estar listo, cuanto antes.

Había sufrido. Noches sin dormir. Cortes de las trinchas, arañazos de las gubias. La angustia de saber si lo conseguiría, si podría domar la música y convertirla en madera y tripa. El miedo a fracasar.

Pero estaba a punto de terminarlo y, cuando cobrase... Cuando cobrase empezaría una nueva vida.

Quizá podrían comprar una casa nueva, más grande. Vestidos para Elo. Su hija contaría con un futuro al que mirar.

Cuando cobrase. En unas semanas.

Tuvo que detenerse, a mirarlo. Sería el más bello organistro jamás construido.

Una nueva ráfaga de golpes lo obligó a despertar. Amenazaban con derribar la puerta.

Se pasó la mano para acomodarse los cabellos, siempre revueltos, como los de su padre. Dio los tres pasos que le faltaban.

Y abrió.