Suseia (Camino de Santiago 2) XIII
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XIII

Pocas veces el hogar se siente tan hogar como en el rebujo de mantas calientes, al despertar junto a la persona amada.

Mateo, el hijo, abrió los ojos a la mañana, y se sintió arropado por aquel calor hogareño.

Se volvió, conteniendo un bostezo, y la vio en el haz de luz que se colaba por las contraventanas.

Sonrió.

Porque aquella calidez, de rescoldos en la chimenea, de desahogo tras haberse amado, aquella calidez creció y lo recogió en su regazo.

Se acercó a ella, besó su hombro, se recostó contra ella. Y, con una mano, palpó el vientre hinchado.

Ella murmuró algo ininteligible, todavía atrapada por el sueño, y Mateo cerró los ojos.

Se sentía afortunado. Y ya tonteaba de nuevo con el sueño cuando el bebé despertó, con una patada.

Despabiló de inmediato, con una sonrisa qué amenazó partirle el rostro. Su mano había brincado sobre el vientre de su esposa. Su hija, estaba convencido de que sería una preciosa niña, como su madre, había despertado.

Pero la felicidad es frágil. Un papel bajo la lluvia.

Su esposa se quejó, un gemido quedo, de esfuerzo al levantar un gran peso.

Y los miedos de Mateo echaron a volar. Eran miedos con picos afilados, casi tanto como sus garras, rapaces listas para despellejarlo.

—¿Estás bien? —preguntó angustiado.

Había urgencia, inseguridad, temor. Todo mezclado con voz pastosa y mal aliento.

Ni siquiera le dejó responder. Insistió:

—¿Estás bien?

Elo abrió los ojos, y a su esposo, como siempre, le pareció ver un nuevo amanecer. Tenía un rostro fino, la habría dibujado como una Virgen concediendo un milagro.

La amaba. Ella era música. Su música. Bella, incluso en la penumbra, incluso con la boca remendada por el esfuerzo.

El corazón de Mateo saltó desbocado. Oyó los graznidos de las rapaces.

—No, otra vez no —susurró aterrorizado.

Y buscó bajo la manta la mano de su esposa, que rodeaba la barriga cargada de vida.

Ella no contestó. A él se le hizo eterno.

Eterno hasta que aquellos labios, los mismos que había besado antes de dormirse, se abrieron también con una sonrisa.

—Estoy bien, a punto de reventar, como una granada madura —con la voz calmada, con el temple que sólo las mujeres tienen—, pero bien. Se ha despertado con ganas de correr...

No quedó Mateo convencido.

Aún tenía la angustia frunciendo arrugas que le rodeaban los ojos, aquellos ojos del azul del mar, profundos y tristes.

Y, una vez más, fue Elo la que se hizo cargo de la situación.

Se volvió, pesada, con la incomodidad de su estado y cogió el rostro de su esposo en las manos.

—Estoy bien.

Y, tras un instante, añadió algo más, marcando las palabras, como si las pintase de carmín.

—Y él está bien.

Aquello bastó para que Mateo volviera a respirar. Incluso para que sonriese.

—Será una niña —dijo él fingiendo enfado.

Elo iba a rebatirlo, ella también podía fingir, pero aporrearon la puerta.

Y aquellas rapaces hambrientas volvieron a graznar.

Mateo las escuchó, y sintió que el escroto se le encogía hasta doler.