XII
Apenas clareaba el día.
Y antes de que ninguno de los arxinas se pusiera a trabajar ya se escuchaba, brincando por la Trinidad, el repicar del hierro contra el hierro, la canción del cantero.
Sisnando llegó, envuelto en una pelliza. La primavera era fría, en el cielo, donde apenas cobraba fuerza el azul, había trazos blancos de nubes altas y la helada aún se hacía notar, sobre las piedras brillaban gemas de hielo.
Pero no había bloques que partir, sólo quedaba trabajo de cincel. Las canteras habían dejado de hacer envíos durante el invierno, ya no se pedían a los carpinteros cuñas de castaño.
Y los talleres se habían reducido, apenas unos pocos puestos, Sisnando llegó, nervioso, como todos los días, se le acababa el tiempo.
Lo tenía planeado. Cuando lo nombrasen maese, lo primero sería borrar los dinteles del pórtico, los abujardaría él mismo, borraría para siempre aquella fecha, y aquel nombre: Mateo.
Un vistazo le bastó para comprender que había llegado el primero, un chucho, despelucado, oscuro como madera húmeda, cojeaba en busca de algún resto y, con total impunidad, levantó una pata y marcó una esquinera de la torre sur, la última sin colocar.
Una gárgola coronaba la pieza, una quimera, una mujer con cuerpo de bestia que abría enormes fauces para desaguar la lluvia.
A Sisnando le gustó lo que había hecho el perro. Tanto que se acercó al mismo lugar y empezó a trastear con la pelliza y la túnica.
Ya tenía en las manos su negocio cuando lo escuchó.
Se volvió, con el color subiéndole a las mejillas, pero no había nadie en los puestos, estaba solo en los talleres.
Era inconfundible, maceta y cincel, hierro contra hierro.
Se meó en la gárgola con una sonrisa de satisfacción y empezó a investigar, a husmear, como lo había hecho aquel chucho que marchaba ya hacia la Rúa do Franco.
No tardó en encontrar explicaciones.
Los puestos estaban vacíos. Sólo quedaba el andamio cubierto de lonas, el que encerraba el dichoso pórtico y los dichosos dinteles.
Fue Sisnando quien lo encontró.