XI
Tuvo que ser Sisnando.
Los años se habían llevado a muchos. A Gatón. A uno de los borgoñones, y el otro, sin su amigo, sin su hermano, había decidido volver a casa y remontar el río de peregrinos. Malaquías también. Y el vizcaíno. Y el Avemaría, los años también le habían robado al asturiano.
Pero mala hierba nunca muere.
A lo mejor el viejo refrán acertaba.
A veces, en las iglesias, alguien pedía humildemente agua bendita, para mezclarla con la del pozo, para regar con ella y evitar pestes en los huertos. Pestes y malas hierbas. Si le hubieran echado agua bendita a Sisnando, el agua se habría puesto a hervir.
Tuvo que ser Sisnando quien lo encontró.
Los años lo habían cuidado. Incluso mejorado.
Alguno de sus chanchullos había fructificado.
Ya no tenía liendres, podía pagar aceite de manzanas verdes para peinarse y asfixiar a los piojos.
Incluso vestía mejor, más como mercader que como cantero.
Hasta presumía en los últimos tiempos con un gordo anillo de oro en el que había mandado grabar el símbolo que usaba para marcar las piedras.
Y tuvo que ser Sisnando quien lo encontrara.
Escuchó los golpes, inconfundibles, maceta sobre el cincel, antes incluso de que empezase la jornada. En los últimos años se había acostumbrado a llegar pronto. Quería causar buena impresión, quería ser el maese. Lo había querido siempre, pero en los últimos años olía sangre.
Mateo vivía, malvivía en su pórtico, Juanchón era un donnadie y Sisnando intentaba jugar sus cartas.
Llegaba siempre temprano, pero no para ayudar al herrero a encender la forja, o a los sogueros a mazar una nueva remesa de esparto.
—Hace dos días que no sale —le decía a un esportillero.
Se movía por los talleres, disimulaba con una maceta en la mano.
—Ya tendría que haber terminado —porfiaba Sisnando.
Visitaba a los que mataban la cal.
—Qué memez —se burlaba—, una torre más alta que otra, ¿A quién se le ocurre?
Y fue Sisnando quien lo encontró.