Suseia (Camino de Santiago 2) X
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No recordaba cómo, pero los había matado.

Y había mentido. A su enemigo. A su amigo. A su hijo. Tres veces.

Y volvió a mentir.

Se lo dijo al pórtico. A los evangelistas, los profetas. A los pecadores que pasarían la eternidad en compañía de diablo, y a los justos que eran recompensados con la Gloria eterna.

—Puedo terminar yo.

Cerró la caja de plata, donde quedaron guardados sus secretos, sus mentiras. Y también lo único que no había sacado, un tercer objeto, un papel doblado y redoblado, con los cantos tan gastados que se habían disuelto.

Encerró la llave, el cortaplumas y aquel papel.

—Finaré. Puedo terminar yo.

Le escuchaban sus piedras. Le escuchaban las bestias aplastadas por las columnas. Le escuchaban los demonios que castigaban a los pecadores en el arco de la derecha.

Avivó el fuego. Las llamas brincaron en los paños dorados, las sombras se refugiaron en el azul del lapislázuli.

Incluso en aquella luz escasa, la obra era impresionante.

Aun sin terminar.

Mateo buscó un mortero donde quedase mezcla. Batió el interior con una brocha. Y se encaramó al andamio.

Tenía que pintar las túnicas de los ancianos, en la arcada central.

Y en el medio, sobre el apóstol del parteluz, sobre el Cristo resucitado y coronado, en el centro del gran arco, dos se miraban el uno al otro, hablaban entre ellos, afinaban.

Dos ancianos.

La pesadilla aún le roía los sesos. Y los recuerdos. Se había quedado solo, había apartado a todos de su lado, vivía allí encerrado.

Dentro del azul.

A veces lo reclamaba Juanchón, para decidir sobre los remates de las torres, para finiquitar un escuadro que había que falsear, pero las torres marchaban solas, las torres estarían listas en unas pocas semanas, ya sólo faltaba cubrirlas.

Se elevaban al cielo con arcadas ciegas y cornisas, tenían gárgolas que, incluso a sesenta varas de altura, impresionaban, aunque ya no estuviera Hidacio para gritarles.

Les faltaban un par de semanas, a la norte, la más baja, ya sólo quedaba asentarle las cumbreras.

El coro también estaba terminado.

Incluso la nave principal, los frailes del escritorio estaban a punto de concluir el trabajo de pintura.

Faltaba muy poco.

Faltaba el pórtico, en azul y oro.

Y allí, en el centro de la arcada, estaban los dos ancianos, mirándose el uno al otro, él los había tallado. Había tallado los veinticuatro, cada uno con su instrumento. No dejó que ningún otro lo hiciera.

No sabrían hacerlo. Ni el asturiano, ni los dos borgoñones, ni Sisnando.

Como tampoco sabían los frades conseguir el azul que buscaba.

Tenía que hacerlo él, y él tenía que terminar.

Los tenía delante de él, a un palmo, bailaban en las llamas de los pebeteros, los había encendido todos, incluso el caído. Necesitaba luz.

Tenía en una mano el mortero con la mezcla, en la otra el pincel y, frente a él, a los dos ancianos en el centro del coro.

Los rastrojos chisporroteaban. Las llamas espantaban a las sombras, el azul y el oro brillaban.

Volvió a escucharla. Inconfundible.

Algo reptaba por su cuello, un bicho de largas patas. Pero tenía las manos ocupadas, no podía aplastarlo.

—No.

Fue apenas un susurro. Y había en él más miedo que todo aquel miedo que había corrido del sur al norte al caer Alarcos.

—No... Itoiz...

Sonaba. Podía oírla. Miró a todos lados, pero no había respuestas en su adorado pórtico.

El profeta Daniel seguía sonriendo, aquella sonrisa única.

Y los evangelistas permanecían serenos. Y los profetas graves.

Ezequiel enfadado, como siempre, Ezequiel se parecía a Gundisalvo.

Y aquel san Pablo que había sido correo del conde de Traba.

Y aquellos dos ancianos. Uno de ellos. El de la izquierda, quizás podía ser un hombre joven. Con largas barbas, pero joven.

Y el de la derecha. El de la derecha ya no le pareció tan anciano.

—No... No... No...

Él los había tallado, pero no lo recordaba. Había tallado todos y cada uno de los rostros. Aunque hubieran empezado los aprendices, aunque los oficiales hubieran trabajado. Los rostros los había tallado el propio Mateo, todos y cada uno.

Más de cuarenta años.

Se miraban el uno al otro, una mirada cómplice, cargada de algo que sólo ellos entendían. Y se parecían, como un padre y un hijo.

Dos melodías que se funden en una, que corren, se persiguen, se encuentran y luchan hasta que ambas mueren y nace una nueva.

Las manos temblaron una vez más.

Se cayó el mortero. Esparció azul en sus pies, en el andamio, goteó hasta donde estaba aquella gamuza que escondía la caja de plata.

—¡No! Itoiz!!

Se cayó el pincel, rebotó en una riostra, dio vueltas salpicando azul. Se estampó en el suelo, junto a aquella concha, tan sobada que ya no se distinguía el dibujo, entre las costras de pan duro.

No recordaba cómo lo había hecho. Nunca hubiera matado a Verrondo. Ni al franco. Ni al caballero de Santiago. Nunca. Pero lo había hecho. Tenía el cortaplumas, tenía la llave.

Y ahora, el hielo bajo sus pies se resquebrajó y cayó a las aguas heladas.

Dos ancianos. Quizá uno de ellos era sólo un hombre joven con barba.

La melodía se enredaba. El azul se enredaba. El oro se enredaba. Y callados, hechos de piedra, los ancianos del coro le daban las respuestas que no buscaba.

Los tenía delante. Y entre ambos sujetaban un organistro.

—¡¡Nooo!!

Eran ellos.

Ahora lo comprendió todo. Era un asesino, era un mentiroso. Y era algo mucho peor.

Había pesadillas mucho peores que una bestia saliendo del océano o que un cofre que se empeñaba en no estar vacío.

—¡¡¡Nooooo!!!

Los rostros se movieron. Los vio moverse. La música ascendió. Cobró volumen, llenó el pórtico, la catedral, la noche entera.

Y los rostros, lentamente, entre crujidos...

La piedra protestó. Dolida.

Lento, desprendiendo gravilla, los rostros se volvieron, hacia él, para mirarlo.

Había pagado el precio que exigía la piedra. Y lo había perdido todo.

Ahora lo comprendió, comprendió que no era otra cosa que un fraude. Era un asesino, un mentiroso y un fraude.

—¡¡¡NOOOOOOO!!!

Eran Acab y Acaz.