IX
Aquellos días habían quedado atrás. Y en aquellos días, como rehén, se quedó también Gatón.
Ahora todo era azul.
Y lo que no era azul era venganza.
Los rumores se hicieron verdad. El de Castilla había conseguido que, desde Letrán, el mismísimo papa Inocencio sancionara la cruzada. La cristiandad iba a vengar la matanza de Alarcos. El Guadiana volvería a ser hogar de la cruz.
Ahora ya no eran sólo los aventureros los que echaban valor al asunto y marchaban al sur, ahora el llamamiento era reunirse en Toledo para el Pentecostés del año siguiente.
Castilla, Navarra y Aragón sumarían hasta cinco mil caballeros, un disparate jamás visto al que sólo se podía dar crédito con tres jarros de sidra entre pecho y espalda.
Incluso vendrían nobles de más allá del Pirineo.
Se preparaba una gran campaña para reventarles los morros a los almohades y al condenado Miramamolín, príncipe de los creyentes.
Se esperaba buena paga y mejor botín. Había que conquistar Calatrava, encontrar un paso por la sierra, tentar Úbeda y Baeza.
Además, por medio andaban los de la Orden de Calatrava, a quienes dolía el orgullo por haber perdido Salvatierra, los de la de Santiago que nunca tenían tierras y encomiendas suficientes, e incluso los del Temple, que habían encontrado un hueco en su apretado calendario mercadeando reliquias.
Ahora, los muertos de Alarcos serían vengados, ahora la cristiandad entera se ponía en pie.
Ahora todo era azul.
Y a Mateo, temblando bajo el parteluz del pórtico, con sudor frío en los sobacos, y en el cogote, donde se dio una palmada para aplastar a un bicho, el horror de Alarcos y la venganza que planeaba Castilla le daban igual. Una pesadilla lo había despertado y la verdad estaba en una caja de plata.
Una llave y un cortaplumas.
Él tenía que terminar. Rematar las torres y pintar el pórtico.
Lo había perdido todo.
Sólo le quedaba una cosa: terminar.
Cuando terminase, se entregaría. Hablaría con su hijo, con el Cuatrohostias y se reuniría con Gatón, colgando de una soga, como su padre. Pero antes, terminaría.
Toda una vida, más de cuarenta años y, por fin, estaba al alcance de su mano.
Terminaría.