VIII
Mateo sintió al frade pasar junto a él. Pero tenía que volver al trabajo. Mintió, ignoró al monje y buscó la salida.
Le había mentido a su enemigo. Le había mentido a su amigo. Y aun lo haría una vez más. Tres veces. Una trinidad.
Porque llegó su hijo, su hijo venía a ver a Gatón.
Mateo, el hijo, entró en el herbolario, para despedirse de quien le había puesto conchas a su niñez, y se cruzó con su padre. Uno salía, otro entraba.
El hijo dudó, el hijo pensó que a lo mejor había llegado el momento, junto a Gatón, junto al recuerdo de sus conchas.
No advirtió que su padre tenía algo en la mano. Eran tantas las emociones apretujadas en la garganta.
Quería hablarle de su música, de su esposa.
Quería contarle que tendría un nieto. Pero llevaban siete años sin hablarse, el hijo sí lo recordaba, los había contado mil y una veces.
Llevaban siete años separados. Siete habían pasado desde que se colocaran los dinteles, y ahora el terror a los almohades corría por Compostela, porque en Alarcos los muros eran de hueso y no de piedra.
Y si aquel a quien llamaban Miramamolín era una peste como había sido Almanzor, y si llegaba a Compostela y arrasaba la ciudad. Quizás no habría otra oportunidad, quizás había llegado el momento de arreglar lo desbaratado.
Mateo, el hijo, supo en su corazón que debía ponerle fin a aquella locura, que podía perdonar a su padre.
El frade Gutierre lo vio todo. Se sentó junto a la de la guadaña, cogió una mano que era apenas piel reseca, para ofrecer el poco consuelo que podía, y lo vio todo.
Y lo comprendió.
Y le dolió. Como le había dolido lo sucedido junto al catre del desahuciado. No entendía al maese, a dónde se había ido para no querer regresar.
Eran padre e hijo. Entre ellos no debería existir un abismo, menos aún agrandarse.
Antes de esa tarde, antes de aquel momento, hubiera bastado un paso. A partir de aquel instante, el frade lo vio, casi lo palpó, el maese habría tenido que construir un puente.
El hijo se acercó al padre, y en el hijo había pena y dolor, su rostro estaba roto, como el de Gatón. Ambos amaban a aquel hombre, pero aquel hombre nada quería saber de quienes le amaban.
Aquel hombre se había perdido, y no quería encontrarse.
El frade Gutierre lo vio.
El hijo apretó los labios. Tomó una decisión. Habló. Dijo algo que Gutierre no escuchó, porque necesitó susurrarlo. El herbolario lo sabía, hay verdades que se gritan, las que liberan, pero hay verdades, las que duelen, que apenas pueden ser un murmullo.
El herbolario comprendió. Aquel padre era un náufrago. Aquel hijo era tierra firme. Habían llegado a aquel momento en la vida en que el hijo ha de cuidar del padre.
Y el hijo se tragó el orgullo, se ofreció. Gutierre no escuchó, pero no le hacía falta escuchar las palabras, lo vio. El hijo tendió la mano.
Y el padre lo rechazó.
El padre no escuchó, no quiso escucharlo, siguió caminando.
—¡Yo no los maté! —gritó.
Airado. Enfadado. Dos palmadas en la nuca y aquel chillido que sonó a vidrio roto.
Y se marchó.
El frade lo vio. Y él también sintió el dolor del hijo. Hondo, muy dentro. Había llegado roto y los pedazos cayeron al suelo.
Al barrer, unos días después, Gutierre todavía los seguiría encontrando.
El padre se marchó. Aprisa, soplándose el pelo que le caía en el rostro, con una última palmada en el cogote.
Y el hijo no pudo recomponerse.
Aquella noche, sin otra compañía que el frade, murió Gatón, que había buscado conchas para un niño que hacía volar gorriones.
Fue aquellos días, cuando el horror de Alarcos cabalgaba en los rumores que llegaban del sur.