Suseia (Camino de Santiago 2) VII
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VII

Mateo, perdido, entró en aquel remedo de hospital.

Y la de la guadaña se había sentado en el camastro del antiguo boyero.

Estaba consumido.

El fraile Gutierre siguió al maese como un perrillo, aunque Mateo ni siquiera había saludado.

Y, aunque no le habían preguntado, el herbolario le contó que los persas le llamaban a aquella enfermedad el cancro, porque ellos, que habían leído a los antiguos griegos, sabían que, si se abría el bulto, Dios no lo permitiese, quedaría a la vista un tumor con pinzas como las de un cangrejo,

pinzas que asfixiaban al órgano y desequilibraban los humores.

—Ha de ser el páncreas —dijo Gutierre.

Pero Mateo no lo escuchaba.

Mateo ya se había sentado junto a la de la guadaña, al lado del antiguo boyero.

Y mintió dos veces más.

—Tú tenías razón —susurró Gatón.

Era una sombra. Un retrato borrado. Apenas le quedaban fuerzas. Pero no quería irse sin hablar con su amigo.

—En el Penedo, la piedra salió —había admiración, y también pena.

Mateo asintió y Gatón sabía que el tiempo se le escapaba, arena entre los dedos.

—Lo siento...

Eran dos palabras, pero remolcaban cien más, mil. Y Gatón no tenía tiempo para sacarlas todas. Sólo pudo repetirse:

—Lo siento, pensé que...

Mateo no le dejó terminar. Tenía que volver a la obra. Se levantó, y en el rostro del antiguo boyero se partió algo.

—Tengo que murear, hay mucho por hacer. Hay que escuadrar el rosetón.

—¿Mateo?

Ya se había dado la vuelta. Tenso, con los puños apretados.

El frade Gutierre miraba desde la gran mesa donde cortaba hierbas. Usaba el mortero, pero no prestaba atención al majado. Miraba, con aquella expresión de lagartija subida a una piedra.

Algo en el pecho del herbolario quedó a oscuras, ahogado en pena. No conocía toda la historia, pero bastaba verlos para comprender el dolor.

Dos amigos separados. Uno intentaba arreglarlo. El otro no hacía caso.

El frade todo lo vio. Y a él, que nada le iba en el asunto, le dolió.

Mateo, en pie, le habló sin mirarlo, por encima del hombro, justo al retirar la mano tras haber aplastado uno de aquellos bichos que le corrían por el cogote. La izquierda, porque la derecha la llevaba cerrada en un puño.

Le mintió. No hacía falta mentirle, como no había hecho falta mentirle al Cuatrohostias. Pero lo que quería era salir de allí. Y alejar la culpa. Había encontrado la llave y el cortaplumas.

La verdad era que lo perdonaba. Pero Mateo no habló de la verdad. No le regaló a su amigo la paz que buscaba para amagarle a la de la guadaña.

—Yo no los maté —como un golpe con su maceta.

Mintió una segunda vez. Le podía la culpa, y lo único que le importaba era que le dejasen seguir trabajando. Después se entregaría. Después, cuando la catedral estuviera acabada.

Lo escupió, como lo había hecho con el Cuatrohostias.

Y el frade vio el rostro del antiguo boyero, lo vio deshacerse. Pasó junto al maese volcándole encima una mirada de desprecio y se acercó al catre del moribundo, para ofrecerle un consuelo que no tenía, pero que la vocación le exigía.