Suseia (Camino de Santiago 2) V
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V

—Gatón no pasa de esta noche.

El Cuatrohostias nunca había tenido tacto, a no ser para repartir sopapos. Ni siquiera se molestó en saludar.

Y Mateo, que estaba mirando las pizarras de su taller, donde había trazado las piezas del rosetón de la fachada de la Trinidad, el sol que quedaría para siempre atrapado entre las dos torres, por encima del pórtico, iluminando el coro. Mateo no respondió.

—¡Cagüen Córdoba! ¿Cómo puedes ser un hideputa así de rencoroso?

Mateo estiró una mano y extendió un índice, trazó en el aire las curvas que había rayado en las pizarras del suelo.

—¡Me cago en el Miramamolín! —saltó el Cuatrohostias—. ¡Y en sus barbas rubias!

Gatón y el Cuatrohostias habían aprovechado los años, se habían hecho amigos. En lo posible, porque el Cuatrohostias tenía el alma de un leño, el capitán le había cogido cariño al antiguo boyero. Y le dolía ver que el maese no estuviera afectado.

Porque a Mateo le daba igual Alarcos, los moros, y hasta parecía que él mismo, seguía mirando los trazos en las pizarras.

El Cuatrohostias se lo tomó a pecho.

—¡Era tu amigo! Cagüen todos los minaretes, ¡es tu amigo!

Pero Mateo no escuchaba, estaba dentro del rosetón, en la fachada de la catedral, caminando por cada curva, imaginando la luz de cada ocaso.

Con dos zancadas bruscas, como si le hubieran dado un latigazo, el capitán se plantó delante de Mateo y lo sujetó por los hombros.

—Se muere —insistió.

El nudo que le atravesaba la garganta se le hacía incómodo. El Cuatrohostias no estaba acostumbrado a los sentimientos, siempre le quedaban grandes, como ropas de niño cosidas por una abuela ahorradora.

—No sabíamos lo del obispo de Toledo, ¿cómo nos lo íbamos a imaginar?

El Cuatrohostias no hablaba, se confesaba, y sus manos apretaban los hombros del cantero, y los dientes apenas se separaban.

—Pero sí descubrimos que había algo podrido en las cuentas. Algo no cuadraba... ¡Cagüen Agar y todos los agarenos! Yo pensaba que la culpa era...

Reconocer su equivocación le dolió más que su oreja rebanada. Lo suyo era apalear ladrones, encerrar borrachos y mantener el orden en Compostela.

—Ese gordo de mierda —continuó—, mal rayo le parta las tripas, con sus caravanas desde el quinto coño.

Mateo regresó de sus trazos, cuentas y números, volvió poco a poco, de un sueño profundo en el que abandonó el compás y la plomada.

—Esa mierda del lapislázuli es una tentación del carajo...

Mateo empezaba a entender de qué le hablaban. Pero no tuvo tiempo de decirle al Cuatrohostias que no le guardaba ningún rencor al viejo boyero. Ruy no le dejó hacerlo, tenía demasiado burbujeando dentro.

La leche hervía y se salió del cazo. No había marcha atrás.

—Se equivocó, pero —alzando el Cuatrohostias una mano—, desde entonces, ¡cagüen en el Corán!, siempre te ha defendido...

Fue como sacarse un puñal atravesado en el riñón. Y no le gustó comprender que sentaba bien librarse de toda aquella mala leche que cargaba. El Cuatrohostias tuvo la curiosa sensación de sentirse aliviado e incómodo a la vez.

—¡Por tus muertos! Le he visto partirse la cara en la mancebía de la Juana con un pescadero de Xubia que dijo que eras maese por apiolar a la competencia. Te defendió...

—¿Maese Verrondo? —preguntó Mateo, aún lejos—¸ ¿Hugo?, ¿el caballero?

El Cuatrohostias asintió.

—Yo pensé que era cosa del gordo cabrón —reconoció con pesadumbre—, y que tú estabas en el ajo. Pero Gatón se lo olió... Y yo... Yo...

—¿Gatón?

—Me ha dicho que te deje en paz —apremió el Cuatrohostias—, que eres inocente —sacudió la cabeza y el muñón de la oreja trazó un arco extraño—. Maldita sea mi estampa, quiere hablarte antes de irse... Y no se jode con los deseos de un moribundo.

Para el capitán era sagrado, cuántas veces había prometido visitar a una madre que se iba a quedar sin hijo, llevar algo a una hermana para la dote, contarle a un padre que el muchacho se había ido como un valiente.

Cuántas veces había sujetado una mano ensangrentada y había hecho promesas, aunque fueran imposibles.

No le había prometido al propio Gatón que dejaría en paz al maese. Acaso no estaba allí para cumplir el último deseo de un moribundo.

Fue en aquellos días en los que Mateo se convirtió en un mentiroso.

Mientras a la cristiandad le dolía Alarcos, a Mateo le dolía su catedral.

Si hubiera dicho la verdad, lo que sabía, lo que había encontrado.

Lo hubieran apresado, ni siquiera el arzobispo hubiese podido impedirlo.

Y si lo ajusticiaban, ¿quién acabaría la catedral?

No podía decir la verdad. Si lo hacía, el Cuatrohostias lo aherrojaría, lo metería en los viejos establos, acabaría en la horca, como su padre.

Mateo tendría que haber dicho la verdad. Lo que había encontrado en el fondo de aquel cofre. Una llave y un cortaplumas.

Era un asesino.

Y mintió, por primera vez.

—Yo no los maté...