IV
Temblaba Navarra, y Aragón. Temblaban los condados catalanes. Temblaba Castilla. León y Galicia.
El Cuatrohostias apenas contaba con media docena de hombres. Y no se fiaba demasiado. A su entender, a todo el que le colgase lo que tenía que colgarle, no le quedaba otra que buscarse un caballo.
—O aunque sea una mula coja —decía el Cuatrohostias antes de lanzar un escupitajo bajo el colmillo—, me cago en Sevilla, o incluso una cabra.
Si no se había ido él mismo al sur había sido por culpa de la ronquera que arrastraba, y por culpa de:
—Los putos años, cagüen la mora Zobaida y su bastardo, los putos años, ¡es una mierda hacerse viejo!
De hecho, tenía suerte de que el arzobispo siguiera confiando en él, porque cada día le costaba más arrastrarse por Compostela, le faltaba el aire en una de cada dos esquinas y siempre tenía algún catarro pegado al bofe.
Pero en aquellos días, los hombres de armas capaces se iban al sur, se rumoreaba que el rey de Castilla iba a llamar a la cruzada, que pensaba escribir a Letrán y llegar a un acuerdo con el papa.
Y podía ser cierto, el de Castilla se entendía bien con el papa, no como el joven rey Alfonso, que ya no era tan joven en esos días y que había sido excomulgado por los tres últimos sentados en la silla de san Pedro.
Una cruzada sin ver ultramar, en el Guadiana.
En aquellos días, el Cuatrohostias conservaba su trabajo porque los hombres de armas, los capaces, o se iban al sur a combatir sarracenos o se lanzaban a los caminos para trincar peregrinos.
Así que, pese a los años, la carraspera y a que le dolían los riñones cuando meaba, el Cuatrohostias seguía siendo el capitán del arzobispo Suero.
Y, en aquellos días, cuando la esperanza de una revancha contra el moro luchaba con el horror de lo sucedido en Alarcos, el Cuatrohostias se había presentado en los talleres buscando al maese.