III
Aquellos días, mucho antes de que todo se volviese azul, mintió.
En aquellos días, cuando el horror reptaba desde el sur.
El viejo rey Fernando descansaba para siempre junto a su madre y a su abuelo en la catedral de Compostela. Y su hijo, el joven Alfonso, estaba a la gresca con su primo castellano. Y con el papa. Y con buena parte de los nobles.
El terror había corrido hasta el norte a lomos de los mensajeros, Alarcos había caído, Alarcos estaba en manos de los moros almohades y los muertos se contaban por miles.
No se hablaba de otra cosa. No podía hacerse, el miedo no lo permitía.
Y las historias podían ser exageraciones, tenían que ser exageraciones, pero hasta los veteranos curtidos, los que habían servido en Badajoz, los que habían luchado y vuelto con vida a casa, agachaban el rostro y sacudían el mentón.
Alarcos había caído tras dos días de sol intenso, calor de justicia y acero moro. Un nuevo demonio llegaba desde el sur, más allá del mar, de la Ciudad Blanca. Y los juglares cantaban con pena, echaban en falta un héroe como aquel Mio Cid que capturara Valencia.
Aquel demonio llegado del sur era bastardo, decían que pelirrojo, que rubio, que hijo de cristiana capturada como esclava. Y los juglares cambiaban su nombre impronunciable y le llamaban Miramamolín.
Fanáticos o verdaderos creyentes, según quien lo contase.
Daba igual, emisarios del horror.
Alarcos, a donde había emigrado la esperanza, a donde habían ido muchos en busca de fortuna, allá en la ribera del Guadiana, Alarcos había caído en un baño de sangre.
A medio construir, una esperanza en la frontera se había convertido en el más macabro de los cementerios. Los moros habían vencido, y los moros se habían quedado con la fortaleza de Alarcos. Y, para terminar de levantarla, a falta de piedras o ladrillos, los moros habían usado a los muertos.
Eso decía el terror, eso callaban los juglares, los mismos que cantaban con melancolía esperando que apareciese un héroe que plantase de nuevo la cruz en el Guadiana.
Los muros de Alarcos estaban hechos de huesos.
Hombres, mujeres.
Niños.
Mulas, incluso perros. Los moros habían usado a los caídos. Alarcos se terminó, una fortaleza imponente al alcance de Sevilla, un baluarte en la revoltosa frontera que trazaba el Guadiana.
Alarcos estaba hecho de muerte.
Fue en aquellos días, de tanto en tanto aparecía algún desgraciado comido por las llagas y decía ser uno de los supervivientes y, aunque fuera mentira, aunque no fuese más que un estafador, hasta el más mísero de los posaderos ofrecía una cama y un plato de sopa,
por si la buena acción tenía recompensa en los Cielos.
Fue en aquellos días. Antes de que todo se volviese azul.
Las dos torres crecían, se elevaban, hechas de granito y no de muertos, como Alarcos, y los peregrinos sabían que, por fin, pronto Compostela tendría su catedral.
Fue en aquellos días cuando Mateo, además de asesino, se convirtió en mentiroso.
El Cuatrohostias se había presentado en los talleres y había preguntado por el maese.
En aquellos días, antes del azul, hacía diez, no, trece años. Quizás catorce. No, dieciséis.
Mateo no podía recordarlo. Todo se había vuelto azul.
Pero el joven rey había renovado la asignación de dos marcos a la semana. Las obras proseguían. Las dos torres se alzaban, los monjes del escritorio hacían las primeras pruebas con los aceites.
El lapislázuli del lejano oriente empezaba a molerse y a cribarse, se preparaba con cuidado, para no malgastar siquiera un quilate.
Y llegaban hojas de oro batido.
En la oscuridad, sin más luz que la limosna que arrojaba el pebetero, acunándose al pie del parteluz, con la cajita de plata en las manos, acurrucado y roto, Mateo no podía recordar cuánto tiempo había pasado, cuándo había caído Alarcos, diez, catorce, dieciséis años.
No lo recordaba. Pero sí recordaba lo que el Cuatrohostias le había dicho.
Aquel día Mateo, además de un asesino, se había convertido en un mentiroso.
Mintió. Una, dos, tres veces.
A su enemigo. A su amigo. Y a su hijo.