Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

Despertó con la boca llena de alaridos. Como un demente, con los ojos a punto de salirse de las órbitas, sacudido como un diente de león en una tormenta.

Se incorporó como si lo partieran por la mitad, empapado en sudor, tembloroso. En la oscuridad.

Una oscuridad que, como aquel cofre, no estaba vacía. Una oscuridad donde las sombras se gastaban, donde había negros y grises.

Una oscuridad que hacía juego con uno de sus ojos, sólo con uno.

Estaba en su pórtico, el de la Trinidad, que llevaba años cerrado, protegido por andamios y lonas. Guardado como un secreto. Mateo dormía allí.

Vivía allí.

No se habían colocado los grandes portones del obispo, todavía no. Aun así, sólo él, nadie más podía acceder al pórtico.

Ya no tenía una esposa. Ya no tenía un hijo. Su familia eran sus piedras.

Se levantó, abandonó el catre. Y le fallaron las rodillas, acabó a gatas, revolviendo los cubos, los pinceles, los trapos. Sus manos, azules, palpaban con desesperación. Daban palmadas sobre las piedras del suelo.

Sus manos hicieron saltar cortezas de pan duro, una concha, una vieja concha, tan sobada que apenas se distinguían las ranuras, un maravedí acuñado en Toledo, media suela de una bota, una bacía que aún tenía agua, agua sucia, verdosa, agua donde se agitaban larvas y bichos de patas angulosas.

A gatas, nervioso, palpaba con manos histéricas. Como un chucho callejero husmeando tras el matadero, buscando espantar el hambre que le ha pegado las tripas al espinazo.

Palpaba con manos azules.

Apenas había luz, rescoldos en un pebetero. Los demás estaban apagados, colmados de cenizas, y uno acabó en el suelo de un codazo.

Cayó con estruendo, con un campanazo de hierro contra piedra, y esparció una nube de viejas cenizas, sembró el suelo de carboncillos sin quemar, carboncillos que trajeron recuerdos, que rodaron como bellotas en juegos de niños.

Cansado, agotado, se habría echado para descabezar un sueño. Las manos. Ahora lo recordaba, sus manos habían empezado a temblar. El azul temblaba. Los años, las interminables horas de trabajo, las preocupaciones, había decidido echarse, descansar.

Y las pesadillas habían regresado.

Hacía tantos años que las pesadillas lo acosaban. Trabajaba el día entero, el día y parte de la noche, trabajaba hasta quedar exhausto, hasta consumirse, para caer rendido y evitar las pesadillas.

Sólo cuando desfallecía, cuando el cansancio pesaba más que el alma, conseguía dormir sin pesadillas.

Algunas veces era aquella bestia salida del océano, con siete cabezas y diez cuernos.

Otras, aquel maldito cofre del tesoro, empeñado en no estar vacío.

Pero le habían fallado las manos, se habían puesto a temblar.

Intentó ignorarlo, pero no sirvió de nada.

Se sentó en el catre, mordisqueó un trozo de aquellas tortas que Cirilo aún seguía haciendo, duro y reseco, pero Mateo apenas comía, y le daba igual lo que comía, era una obligación, algo necesario para seguir trabajando.

Comía cuando el rugir de sus tripas resonaba en las arcadas del pórtico, cuando se le nublaban los ojos y le costaba respirar. Comía porque no le quedaba otro remedio.

Tenía que pintar, tenía un mundo entero que pintar.

Y las manos le habían fallado, y había mordisqueado una de las tortas, y el sueño lo había vencido.

Y las pesadillas, que acechaban como lobos hambrientos, lo habían despertado.

Aún a gatas, tembloroso, encontró el cubo de latón y echó rastrojos en un pebetero, las llamas abrieron una cúpula de luz anaranjada, y esa luz descubrió su pórtico, le dio vida.

Apareció el apóstol Santiago, los evangelistas, los pecadores.

Allí estaba aquel glotón perdido por su pecado, incapaz de tragar porque una horrible sierpe le atenazaba la garganta, en la arcada de la derecha, en el Juicio Final.

Pagaría por siempre por su gula. Hasta el fin de los tiempos.

Y la condena era aún más terrible porque, mientras la catedral se mantuviera en pie, al otro lado de la arcada, frente a él, estarían los justos, niños en regazos de ángeles que, por su vida piadosa, eran recompensados. Ascendían a los Cielos.

Allí estaba aquel glotón, él lo había tallado, y el glotón era azul, como sus manos.

Todos vestían túnicas azules, de un azul tan profundo que se tragaba el resplandor del pebetero. Un añil único, único y tan caro que ridiculizaba el oro. Era el azul índigo que sólo podía dar el mejor lapislázuli de Beluchistán.

El mismo que manchaba sus manos nerviosas, su túnica, su pelo, que se había vuelto humo de leña seca.

Azul.

Tenía pegotes y salpicaduras azules en los antebrazos, bajo las uñas. Y seguía a gatas, buscando, angustiado, con prisa. Era una rata rebuscando en un albañal.

Resollando, desaseado, de cabellos revueltos, dándose palmadas azules en el cogote. Había perdido algo más que el cofre de plata, había perdido la cordura.

Menos mal que no podían verle. Compostela dormía y el pórtico estaba cerrado.

Llevaba dos años, no tres. No, quizá uno.

Los días pasaban, azules, todos eran azules.

Cuatro, cuatro años. No, tres. Azules, como sus manos, como uno de sus ojos, sólo uno.

El otro no era azul, ya no. Los de su hijo eran los dos azules, pero su hijo ya no estaba.

Su hijo Mateo, el niño que hacía volar gorriones, se había perdido, más allá del azul.

Más allá. Había tantas cosas más allá del azul.

Al principio habían ayudado los monjes del escritorio, prepararon las mezclas de aceites, linaza, colza, incluso de olivas. Machacaban las piedras, azules, en los morteros. Ellos le habían enseñado, aquel con cara de ratón, que arrugaba las narices cuando la mistura no estaba en su punto.

Los monjes le habían enseñado cómo lo hacían en los pergaminos. Y el oro, también le habían enseñado a usar el oro.

Pero los peregrinos estorbaban, los curiosos preguntaban, los chiquillos robaban pinturas, y luego aparecían caricaturas en los muros de la ciudad, burlas azules. Groseras, grandes genitales que hacían reír a los pilluelos pero indignaban al resto.

Y los monjes no conseguían que el azul fuera profundo, tampoco que el oro brillase como el sol. Y tenía que hacerlo, porque todo el pórtico debía resplandecer con cada ocaso, el pórtico miraba a poniente y, a la puesta de sol, el pórtico cobraba vida, debía cobrar vida. Tenía que robársela al sol.

Tenía que ser la luz del oro, la oscuridad del lapislázuli.

Claro y oscuro.

Dos que se hacían uno.

Poco a poco, a medida que las torres crecían, que la catedral se elevaba al cielo, Mateo había sido infiel.

Había engañado a los cinceles y el martillo, les había puesto los cuernos, quizá como también había hecho Aldonza, Aldonza lo había traicionado, Aldonza no estaba, tampoco Remigio, Gundisalvo ni los gorriones.

No estaban. Y él, el maestro Mateo, había traicionado a sus hierros y había aprendido a amar a los pinceles.

Había empezado de esportillero, había pasado por todos los puestos de los talleres, había aprendido con los carpinteros, con los sogueros, con los yeseros. Desde niño, asustado por la sombra del ahorcado, había querido hacerlo bien.

Las torres crecían, pero él, poco a poco, había empezado a pasar más tiempo con los pinceles, con el oro, con el azul.

Y habían cerrado el pórtico. Las lonas y el andamiaje cerraban el pórtico. Para evitar a los peregrinos, a los curiosos. Para impedir las travesuras que pintaban las paredes de San Fiz, o San Martín Pinario, con gruesas vergas que espantaban a los respetables.

—De acuerdo, pero ha de terminarse cuanto antes —había advertido el arzobispo.

—Cuanto antes —había repetido Mateo después de darse una palmada en el cogote.

Lo habían cerrado. Y poco a poco, Mateo se había encerrado, allí en su pórtico. En un pórtico sin puertas. En azul.

Encerrado. Solo. Traidor. Traicionado.

Lo encontró. Al fin. Con manos azules, trémulas, en la base de la columna del parteluz, la columna donde había labrado el árbol de Jesé, la columna que sostenía a su apóstol.

La columna donde se apoyaban los dos grandes dinteles.

En el lado interior del parteluz, en el que miraba a la nave de la catedral, allí faltaba algo, siempre lo había sabido, había algo más que hacer allí, pero, por el momento, había una gamuza. Y la gamuza envolvía una cajita de plata, de filigranas de plata.

Era una preciosa caja llena de volutas y flores.

La había encontrado en el mercado de peregrinos, se la había llevado y el vendedor había tenido que pedir cuentas al cabildo.

—La vio y quedó embobado —le había dicho el tendero a uno de los canónigos—, y a mí, ¿quién me paga?

Pero aquellas volutas, si pudieran hacerse en la piedra, si el rosetón de la fachada fuera así, acaso no parecería el mismo sol, clavado en la fachada de la Trinidad.

Tenía algo. Algo femenino y profundo. Algo único. La mano de quien la había hecho. Sus sueños. Sus pesadillas.

Se la había llevado murmurando algo que nadie entendió y el pobre tendero había tenido que quitarse la gorra y pedir cuentas al cabildo.

Y la había puesto allí, donde faltaba algo, al pie del parteluz.

En la oscuridad, a gatas, nervioso, jadeando, sus manos azules la encontraron.

Por fin, con la pesadilla en el cogote, donde se dio una palmada, jadeante, y sus manos azules, temblorosas, la abrieron, aquella cajita de plata.

Era una pesadilla. Era más que una pesadilla. No sólo era una pesadilla. Era verdad.

Allí estaban, hubiera querido que no estuvieran, pero allí estaban, en una cuna de plata labrada.

Una llave y un cortaplumas.

Era un asesino.

Y en aquellos días, en medio del horror, hacía diez, no trece. Quizá dieciséis. Había mentido.

Y hay mentiras que son tan terribles como arrebatar una vida.

Era un asesino y un mentiroso.