De Trinitate
Libro III
1211
Cofres y muertos
I
Vacío. Estaba vacío.
No, no lo estaba. Allí estaban. Y si estaban allí, sólo había una explicación, una.
Él los había matado. Al maestro Verrondo. Al constructor franco. Al caballero de Santiago.
Se habían interpuesto en su camino y él los había matado, era el precio que la piedra había exigido.
Debía estar vacío. Nada quedaba, ni de los fondos del cabildo, ni del préstamo de Nathanael, nada. Tenía que estar vacío. Pero no lo estaba.
Sin más luz que el hachón que había cogido al bajar por las escaleras era fácil negarlo, apetecía refugiarse, pensar que sus ojos, uno de cada color, le habían engañado.
Era mentira, tenía que ser mentira.
Hubiera sido un alivio.
Era verdad.
Las llamas del hachón bailaban en el fondo del cofre, bailaban sobre aquellas dos condenas. No podía negarlo. Quería hacerlo, pero no podía. Estaban allí. El cofre no estaba vacío.
Una llave.
Y reconocía esa llave, claro que la reconocía, él tenía una igual. Esa cerradura, esa puerta. Aún recordaba. Cuarenta, no, cuarenta y dos, no, cuarenta y tres años. Cuarenta y tres años antes el capitán la había forzado con el puñal que llevaba al cinto.
Un cortaplumas.
Y reconocía el cortaplumas, claro que lo reconocía. Veinte, no, veintiún años antes, no, veintitrés. Veintitrés años antes lo había visto en las manos de aquel franco, entre traiciones y conjuras, cuando el rey había conseguido su corona.
La llave de la casa de maese Verrondo.
El cortaplumas de maese Hugo.
Una llave y un cortaplumas.
Sólo había una explicación, él los había matado. Era un asesino.
Gritó. Tan fuerte que se desgarró la garganta, que su voz se rompió hasta deshacerse en un ronquido afónico. Gritó. Chilló.
Y Mateo despertó.