XXXIII
Afuera, abrigado por la noche, Mateo se permitió sonreír, por primera vez en mucho.
Y seguía sonriendo de regreso a la catedral. Su catedral.
Pasó bajo sus dinteles, donde él mismo había escrito en piedra su legado, y deslizó la mano, llena de mimo, por el fuste labrado de la columna que sustentaba a aquel san Pablo con el rostro prestado por un traidor a la Corona.
Y sorteó los tablones almacenados al pie, había discutido al respecto con el obispo. Suero quería cerrar la catedral con grandes portones. Mateo la quería abierta a todo aquel que llegase a Compostela.
Pero pudo olvidarse del encontronazo. Porque volvió a escuchar los vítores y el clamor. Revivió la escena. Vio al rey arrodillarse.
Había trabajado tan duro. Había hecho tanto. Esa noche no lo acosaba la sombra de Arrio y, al alzar la vista a la gran arcada, asintió. Allí estaban los ancianos, cada uno con su instrumento y, en el centro, una pareja que se preparaba para tocar el organistro.
La sonrisa vaciló.
Aquél era su legado, por eso lo recordarían. Sin embargo, la sonrisa vaciló en sus labios. Era un legado que no podía compartir con su hijo.
Su hijo lo había abandonado. Su hijo no entendía lo que estaba haciendo allí.
Y no fue su hijo el que apareció.
Apareció Juanchón, que lo buscaba, que lo necesitaba, con aires perdidos, los ojos enrojecidos, como ánima en pena. Al verlo, Mateo se le acercó y no quiso creer lo que escuchó.
Pero Juanchón no podía callarse. Le creyesen o no.
—No. Itoiz.
Pero no importaba lo que Mateo creyese.
—Está muerto —insistió Juanchón.
Y tuvo que sorberse los mocos, como un niño. Grande como era, un soplo de aire bastaría para romperlo.
—No —repitió Mateo—, no...
Su hijo no estaba a su lado. Su hijo ya no pintaba gorriones. Ya no le llamaba papá. Su hijo se había perdido, o se había perdido él, como se había perdido Arrio.
Una garra se clavó en sus intestinos y los zarandeó. La boca se le llenó de hiel.
Papá.
Padre.
Su hijo ya no estaba.
Tampoco el viejo Gundisalvo. Se había ido.
Allí estaba el pórtico, allí estaban sus gorriones, aquel Daniel, aquel Zebedeo, los pecadores enfrentados al juicio, había hecho algo irrepetible.
Y estaba solo.
Había logrado lo que se había propuesto, podría acabar la catedral, pero qué precio exigía la piedra para dejarse quebrar.
Estaba solo.
Papá. No. Padre. Tampoco. Los gorriones habían echado a volar. Y no sabía cómo encontrarlos.
Solo.
Siempre había un precio. Gundisalvo.
Era de noche y, aun así, le pareció ver la sombra de un ahorcado, balanceándose sobre las arcadas de su pórtico.
Tuvo que palmearse el cogote, dos veces, y soplar los cabellos que caían sobre su rostro.
No podía pasar por aquello. No podía. Eran demasiados, y aún faltaba tanto para terminar.
Aún tenía que levantar las dos torres, acabar el coro.
Pintar el pórtico. Convencer al obispo para que no cerrase el templo.
No podía.
Le dio a Juanchón unas monedas, le dijo que se fuera, que tenía que pensar, y el gigantón obedeció, como siempre. El gigantón se hubiera tirado de un precipicio si el maese lo hubiera ordenado, tenía fe ciega en él. Como la habían tenido Remigio, Gundisalvo, su hijo.
Mateo sintió aquellas notas, aquella melodía endiablada que se dividía en dos, que se partía, que volvía a unirse, casi se partió el pescuezo al mirar a todos lados, temeroso de ver aparecer al joven y al anciano, Acab y Acaz.
Aceleró el paso.
Se oían los ronquidos, las voces de los peregrinos que dormían en la catedral, se veía una pequeña fogata.
La vergüenza le impidió echar a correr. Pero, más que bajar a las catacumbas, se escapó, sin pensar en ello, atribulado.
Oscuro, húmedo, lleno de un pesado olor a moho enrarecido. Era el submundo bajo la catedral. Donde descansaban las reliquias, hombres santos, padres fundadores, alguno de los obispos. Pero no su padre, su padre había sido un suicida.
Le perseguía la música.
Se palmeó el cogote.
Le perseguía la sombra de su padre.
Terminó en el tesoro de la catedral sin saber a qué había ido hasta allí, hasta que volvió a ver la bolsa del rey en su mano. Hecha con el delicado escroto de un enorme toro, cargada de monedas.
La cerradura crujió como un mordisco de grava. El cofre estaba vacío. Lo había estado la última vez.
La llave chirrió al salir. Lo abrió, dispuesto a guardar lo que quedaba del primer pago del rey para la catedral.
Debía estar vacío. Lo había visto vacío.
Y no lo estaba.
Al fondo del cofre había dos objetos. Dos condenas.
Y Mateo comprendió que estaba solo, sin su hijo, sin el viejo Remigio, sin el xebo Gundisalvo, sin su padre, una sombra colgada en su pórtico, balanceándose al viento.
Aquellos dos objetos, en el fondo del cofre, del cofre que debía estar vacío, le gritaban.
Aquellas dos condenas le decían que estaba solo, y que era un asesino.