Suseia (Camino de Santiago 2) XXXII
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Esa noche le pagó al hebreo la deuda.

Se acercó a la lujosa casa del mercader, y ya desde fuera escuchó los relinchos de los famosos sementales en los que invertía el judío.

Y, cuando llamó a la puerta, Mateo no sonreía, pero casi.

Pasó por el relevo de dos sirvientes, una cocinera lo acompañó por un largo pasillo, fue casi una recepción real, hasta que apareció aquel tuerto de la cara marcada, el tal Lamas, bajo una lámpara de bronce que valía una fortuna.

El jaque no abrió la boca. Y Mateo prefirió no preguntar por el hebreo. Se limitó a meter la mano en la bolsa que había colgado del cinto de un rey. Y tendió las monedas.

Y Lamas las atrapó como una araña saltando al centro de su red para hacerse con una mosca.

No abrió la boca, pero sí la mano. Y la cerró.

Mateo asintió, sin más, y se marchó. Atando el cordoncillo de cuero trenzado que cerraba la bolsa del rey.

No pasó la cocinera, pero sí hicieron falta los dos sirvientes para acabar en la puerta y salir por fin a la noche de Compostela.

No llegó a escuchar la única palabra que Lamas pronunció. A sus espaldas, cuando ya se encaminaba a la salida con el primero de los lacayos.

Sólo una, entre salivazos. Con aquella boca que le había estropeado el moro y el único ojo que le quedaba relampagueando.

Sólo una. Llena de confianza. Aupado en la experiencia que daban veinte años trabajando para el usurero.

Sólo una.

—Volverá...