XXXI
Los rincones más oscuros de los tejemanejes del antiguo mayordomo sólo los supo el rey, y los dos capitanes del rey.
Ayudados por los sopapos del Cuatrohostias, se encargaron de apretarle las clavijas a Armengol de Urgel en los antiguos establos del palacio del obispo, favor al que Suero accedió encantado.
El de Traba no fue ajusticiado públicamente, había que guardar las apariencias, y no convenía airear que, pese al apoyo durante las Cortes, aún había facciones de la nobleza que le buscaban las cosquillas a la Corona.
Sin embargo, no todo quedó claro.
Hubo piezas que no encajaron pese a los esfuerzos de Ruy Ansúrez, que hizo honor a su apodo con auténtico encono, había algo más que, o bien el mayordomo consiguió guardarse o bien no tenía que ver con sus negocios sucios.
Pese a que le repateaba el hígado, el Cuatrohostias siguió sin saber quién había matado a Verrondo, o al franco, o al tal Yáñez.
Le quedaron al capitán rincones por barrer, sin embargo, para Compostela, para todos aquellos reunidos en la explanada de la Trinidad, lo que se contaría no tendría nada que ver con aquellos asuntos turbios.
Lo que se contaría, al amor de la sidra, la cerveza o el vino, en las tabernas y en las posadas, era cómo el rey había estampado su bolsa en la mano del maese.
De eso seguirían hablando los borrachos durante años.