Suseia (Camino de Santiago 2) XXX
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El mayordomo reaccionó con más entereza, se estiró y alzó una de aquellas manos cadavéricas, como para apartar un moscardón.

Fue a decir algo, pero Mateo pasó junto al rey, lo obligó a hacerse a un lado, y se plantó frente a Armengol de Urgel sin la menor consideración, como si fueran iguales.

—No xeres a decir que es mentira, no te atrevas.

El joven rey miraba de reojo al conde de Traba, y el conde de Traba, el ilustre Gómez Fernández, se despedía entre sonrisas y disimulos, como si todo aquello no fuese con él.

Alfonso recordaba bien los quebraderos de cabeza que aquel tipo había causado a su padre. La familia Traba llevaba así desde los tiempos de la emperatriz Urraca, los Traba se habían involucrado en las revueltas que a punto habían estado de costarle la vida a su bisabuela.

No hizo falta que el rey diese la orden.

Hacía tiempo que buscaba una excusa para purgar a la siempre díscola nobleza gallega que, ya en tiempos del obispo Peláez había intentado que el viejo Reino de Galicia se independizase de la Corona de León.

Dos de los capitanes de su cortejo se acercaron y el de Traba empezó a despedirse, como si tuviera que marchar.

Lo retuvieron dos viejos amigos, el señor de Pambre y el de Vimianzo, que tenían más canas que muelas.

Intercambiaron susurros, como habían hecho veinte años antes, y el de Pambre, que seguía sufriendo de gota galopante, adelantó el bastón, lo justo para que el conde de Traba diese con sus huesos en el suelo.

Los capitanes del rey lo sujetaron, como si pretendiesen ayudarlo, sin violencia, pero firmes.

Aunque la explanada de la Trinidad seguía hirviendo, y la cabra de los volatineros balando, Ruy Ansúrez sí que se amoscó, algo en todo aquello, allí arriba, no cuadraba. Su olfato le decía que estuviera atento.

Al tiempo, junto al pórtico, el mayordomo asumió el golpe con entereza.

—Majestad, nos que os hemos servido...

Mateo dio un paso al frente que lo obligó a callar. El mayordomo incluso reculó.

Y Mateo habló, se dirigió al rey, pero no apartó los ojos de aquel tipo con pinta de bacalao desalado.

—Sembró dineros para que no finásemos. Pagó bajo mano a dos indeseables.

Dio otro paso más, y el mayordomo reculó de nuevo, se quedó a dos palmos escasos del borde de las escaleras que ascendían desde la Trinidad.

—Y, en tanto, pidió zaspear mientras mureábamos.

Un tercer paso. Obligando al mayordomo a quedarse en el borde.

—Y apañó con el de Traba —concluyó Mateo.

El mayordomo iba a fingirse ultrajado, a defenderse, alzó las manos, aquellas manos del color de panza de pescado, blanquecinas y huesudas. Y cayó escaleras abajo.

El Cuatrohostias lo estaba esperando.