XXIX
El arzobispo Suero jadeaba como un galgo tras alcanzar a una liebre. La cabeza le flotaba dos palmos por encima del pescuezo.
Cuando la bolsa del rey se estrelló en la mano del maese, se sintió como un náufrago encontrando un madero al que agarrarse.
Le costaba mantenerse en pie, le fallaban las piernas, pero duró poco, enseguida volvió aquella tensión que amenazaba con partirle las corvas.
Mateo lo puso de nuevo en un aprieto.
A Suero se le enfrió el estómago, igual que si acabase de pegarle tres bocados a un trozo de hielo y, aun así, se le secó la boca.
—Tenemos que parlar —le dijo el maese al rey.
Y señaló al mayordomo.
—Creo que ya habrá ocasión en otro momento —intervino Suero atropellándose—, ahora, estoy convencido, al rey le complacerá que expliques...
Y el arzobispo iba a señalar las tres arcadas del pórtico, pero el rey, que había malinterpretado las preocupaciones del cantero, no le dejó terminar.
—Armengol preparará un nuevo documento —aseguró sonriente—, no te apures.
—No es el momento —intervino el arzobispo pellizcándose el hoyuelo, con tanta fuerza como para convertirlo en una arruga—. Tampoco el lugar apropiado.
—A los muertos de poco les paruan los documentos —dijo Mateo, como si no hubiera escuchado.
El cantero no vio que, tras las palabras del arzobispo había un horizonte entero. No sabría, hasta más de veinte años después, que debería haber hecho algo en aquel mismo instante.
El rey sí reaccionó, perdió la enorme sonrisa que alegraba su cara.
—¿Qué muertos?, ¿mi padre?
Con la mosca tras la oreja y el ceño fruncido.
En la Trinidad continuaban los vítores, de algún lado había salido un barrilillo de sidra y había quienes ya bebían, y los saltimbanquis soplaban cuernos, volvía la música. Unas muchachas incluso se animaron a bailar y un bigotudo sacó un pandero de algún sitio y marcó el ritmo.
Allí, junto al pórtico, sin embargo, todos contenían la respiración.
Mateo señaló hacia el conde de Traba, detrás del noble seguía aquel tipo espigado de cabellos ralos e, inmediatamente, Mateo señaló el pórtico, la columna derecha de la arcada central donde, junto a san Pedro y sus llaves, estaba san Pablo.
Tanto el arzobispo como el rey abrieron la boca. Ambos rostros llenos de sorpresa. Miraron. Remiraron. A un lado y al otro.
Tras el conde de Traba, a quien se le llenaron las mejillas de rubor, aquel tipo intentaba hacerse pequeño. Pero no había dudas, era imposible no reconocerlo.
—Lo anisqué en León —aclaró Mateo—, con mis propios ojos.
Y aquellos ojos, uno de cada color, brillaban.