Suseia (Camino de Santiago 2) XXVIII
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Suero había visto buena parte del pórtico, había elegido los tablones que se usarían para las puertas, los remates de hierro, para evitar que los peregrinos usaran la catedral como albergue.

Suero había visto las estatuas aún sin colocar, sin embargo, cuando la tela cayó, quedó asombrado, como todos los demás.

Había visto. Pero no había visto.

Ni en París había visto algo así. Nunca, jamás, parecían vivos, estaban vivos. Los ancianos que remataban el arco afinaban cada cuerda, ajustaban cada tecla, a punto de dar un concierto que, Suero estuvo seguro, sería grandioso y celestial, más de lo que el hermano Zonio hubiera soñado.

Y el rey se arrodilló.

Había visto. Pero no había visto. Y ahora, comprendió.

El rey se levantó, y Suero hubiera jurado que sus ojos brillaban de emoción.

El rey se puso en pie con un tintineo de la cota, chistó incrédulo, con ojos pegados al Cristo de la arcada central, y palmeó el hombro de Mateo, con tal fuerza que el arzobispo temió que lo desgraciase.

—A mi padre...

Tenía los sentimientos apretados en la garganta, dándose puñetazos, el rey tuvo que tragárselos para acabar la frase:

—A mi padre le hubiera gustado.

Y Suero vislumbró que, tras las palabras, había años, secretos, promesas. Algo que sólo concernía al joven rey y a su padre. Algo íntimo.

Al menos, Mateo había vuelto a la vida, quizá con la salvaje palmada no le había quedado otro remedio, pero ya no parecía ido, incluso humilló el mentón después de oír al rey.

Pero el joven monarca no había terminado. Asintió para sí, miró al cantero, miró de nuevo hacia el pórtico.

Desnudo, aún sin pintar, sin las puertas. Y, aun así, inmenso. Único.

No se le daban los discursos como a su padre, y su corona aún se tambaleaba, pero sabía cómo hacer lo que correspondía.

El rey tentó el cinto y descolgó su propia faltriquera, en la que tintinearon las monedas. La levantó por encima de la cabeza, de la corona, y se volvió hacia la explanada que, al verlo, entró en erupción.

Gritaron los arxinas, en primera línea, casi a los pies del rey, y luego, como sucediera con aquel silencio, como una ola, los gritos llegaron a los saltimbanquis y su cabra que, cómo no, se puso a balar, y se llevó tal susto por el estruendo que a punto estuvo de descalabrarse.

No hizo falta ningún discurso. Todos comprendieron.

Y el rey rubricó su decisión de modo inapelable.

Bajó la bolsa y, con la otra mano, tomó la del maese, la derecha, con sus cicatrices y sus callos.

Hubo un parpadeo de suspense. Apenas un amén.

El rey y el cantero se miraron. La explanada entera los miraba.

Y el rey estampó los dineros en los callos de Mateo y abrió los brazos hacia la multitud. Toda la Trinidad lo bañó con vítores.

El maese terminaría la catedral.