Suseia (Camino de Santiago 2) XXVII
65%

XXVII

El joven rey no era un hombre piadoso, tampoco su padre lo había sido. Y el joven rey conocía sus debilidades, el pecado de la carne le tentaba en exceso.

Prefería un par de largas piernas al mejor de los sermones, y no había mejor cáliz para beber vino que los pechos de una mujer, pero cuando aquella ovación lo alcanzó, cuando se rompió el silencio, el joven rey se sintió embriagado.

Tanto que lamentó no haberse confesado en toda la semana.

Allí, en el parteluz, sereno, lo esperaba el apóstol Santiago. Lo miraba, a él. Le prometía el perdón de todos sus pecados, como si bastase entrar en la catedral para merecer la Gloria eterna.

Con unos años más, después de haber triunfado y fracasado con el moro, tras haber sufrido el dolor de la traición, quizá no lo hubiera hecho. La experiencia carga el cinismo. Pero aquella limpia mañana de primavera, el rey se arrodilló.

Se arrodilló, e hizo la señal de la cruz, incluso se prometió a sí mismo, a Dios padre, que refrenaría sus impulsos carnales.

El joven rey Alfonso no se llenó de fe, la fe exigía un precio que no deseaba pagar, pero se acordó de su padre. A su padre le había gustado Compostela, a su padre le había gustado aquel arzobispo, y su maestro de obras.

Ni siquiera se dio cuenta de que acariciaba con las yemas de los dedos el pomo de su espada.

La espada, la túnica.

—Padre —fue lo que murmuró, arrodillado, apenas audible.

Frente al apóstol, frente al pórtico que miraba a la Trinidad.

Y los nobles se arrodillaron también. Y los notables del cortejo. Incluso el mayordomo.

Y aquel silencio roto, que había ido y vuelto de las murallas, se convirtió en clamor.