XXVI
El silencio se espesó. A pocos. Hielo creciendo en un charco en una madrugada fría.
Los nobles se quedaron quietos, clavaron los ojos, dejaron de hablar. El cortejo fúnebre contuvo suspiros. El obispo de Lugo se santiguó, a toda prisa, tres veces. Los que estaban en el zaguán de la segunda planta, sobre la nueva cripta, ellos fueron los primeros.
Fue más que silencio.
Más grueso. Palpable. De pronto, el olor de toda aquella gente en la Trinidad se volvió intenso, un olor peculiar, que mezclaba miseria y riqueza, sudor rancio y afeites, el intenso olor de una tormenta, del rayo hendiendo un árbol.
Y pocos sabían que aún no estaba terminado, la piedra aún estaba desnuda, faltaban los colores.
—Azul —había dicho Mateo.
—Buscaremos el mejor lapislázuli —había respondido aquel frade con cara de ratón—. El mejor posible. Del Beluchistán.
—Dorado —había dicho Mateo.
—Oro bien batido, además de los orfebres hay un buen par de batidores en la ciudad —había respondido aquel frade con cara de ratón—. Y en el escritorio los conocemos bien.
Aún faltaban aquel azul que era casi noche, y el oro que era casi luz. Todo el Pórtico de la Trinidad sería azul y dorado.
Sin embargo, aun así, incluso con la piedra desnuda, el silencio barrió a los de arriba, y bajó a la explanada.
Incluso los arxinas en primera fila quedaron mudos. Incluso Sisnando. Lo habían visto terminado, pero de madrugada, cuando no había otra luz que hachones, pebeteros y fogatas. Ahora, a la luz del día, el pórtico cobró vida.
Ruy, el Cuatrohostias, que también estaba allí, junto a los canteros, acompañado de Gatón, también se quedó sin palabras. Él, que sólo iba a misa porque el trabajo lo exigía, no pudo cerrar la boca.
—Me cago en la biblioteca de Córdoba, ¡la puta!
Y miró al antiguo boyero, a quien también se le había transformado la cara, e insistió, porque no se le ocurría otra cosa que decir, se santiguó incluso.
—¡La puta que me echó a gatear!
Allí, en el extremo derecho, inconfundible, estaba el incrédulo santo Tomás, que levantaba la mano, parecía a punto de negar, y volver a negar hasta que viera con sus propios ojos las llagas de Cristo. Y otro de los discípulos, san Bartolomé, intentaba hacerle entrar en razón.
Fue más que silencio. Pasmo. Pasó de fila en fila, de unas gentes a otras, se extendió por la Trinidad como una gota de tinta en una taza de agua. No, más contundente. Pesado. Más que silencio.
Los rostros se volvían, nadie hablaba. Alguna mano señalaba.
Ni siquiera la cabra de los saltimbanquis se libró.
Maniobró en aquel pequeño escabel, moviendo las pezuñas con la misma delicadeza que en un risco resbaladizo.
Algo en sus instintos le dijo al animal que se volviera, para mirar hacia donde todos miraban, algo atávico, salvaje y antiguo, que pasó de los hombres a la bestia.
El silencio siguió, hasta que llegó a las murallas, que se habían terminado poco antes, e incluso salió por la Puerta de la Trinidad, pasó junto al cementerio de peregrinos, el viejo palomar, las picotas. Quizás llegó hasta el mismo Finisterre y se sumergió en el océano para luchar con la bestia.
Un muchachito, a hombros de su padre, justo en el límite de los talleres, fue el primero.
Se llamaba Rosendo, como aquel obispo de tan buena memoria que tanto luchara contra los vikingos.
Y tenía aspecto de querubín, un hermoso rostro enmarcado en rizos brillantes, pero sus piernas eran flacas y frágiles, había tenido fiebres cuando aún mamaba.
Y su padre lo había llevado a primera hora, y lo tenía aupado en hombros porque las piernas no le aguantaban, su padre, que era un hombre devoto, sabía que su hijito no podría trabajar con su cuerpo, y su padre quería que el pequeño aceptase la vocación del Señor.
El pequeño Rosendo no la aceptaría, aquel día, en la Trinidad, la semilla quedó plantada. Rosendo, en su cabecita llena de sueños, decidió que sus piernas enfermas no se lo impedirían, sería un cantero, un arxina.
Él fue el primero que rompió el silencio.
Señaló. Y habló en voz baja. Y lo repitió más alto. Sin bajar su mano extendida al frente.
—Es el apóstol Santiago —con las eses largas, con un dejo que lo acompañaría hasta la tumba, como si las eses fueran siempre de tres en tres—. Es el apóstol.
Fue el primero. Y, como por encanto, el silencio se convirtió en una avalancha. Rebotó en las murallas y regresó a la catedral ganando volumen, haciéndose más grande.
Las voces se dieron codazos, los ánimos empujones. Más de uno intentó acercarse, verlo mejor. Muchos se persignaron, algunos miraron al cielo, al menos diez se frotaron los ojos.
El silencio se convirtió en admiración. En asombro. Y regresó desde las murallas hasta la capilla, las escaleras, el pórtico.
Alcanzó al rey.