XXIV
El frade Zonio resolló, exhausto, consumido por la pasión de la música. Había entregado hasta el último pedazo de su arte, lo había dado todo para que la música fuera la de las cancelas de los Cielos, abiertas entre las manos de san Pedro.
Y estaba satisfecho.
Sonreía.
Había sonado a verdad, por un instante había creído oír incluso el tintineo de las llaves de santo.
Había sido hermoso.
Se volvió hacia Mateo, quería felicitarlo, decirle que lo había conseguido. Pero no llegó a abrir la boca.
El hijo del maese, con las mejillas encendidas y el rostro brillante de sudor lo ignoraba, miraba al frente, más allá del coro sin terminar, miraba hacia la entrada occidental de la catedral, miraba hacia el vano interior del pórtico que su padre había construido.
Y en su expresión no había descanso por haber terminado el concierto, no había satisfacción por haber cumplido, no había orgullo por los difíciles acordes domesticados.
Zonio sólo vio una cosa en el rostro del joven Mateo. Sólo una. Pena.
Y allá, en el pórtico, cayó la tela y descubrió, al otro lado de las arcadas, al cortejo fúnebre, a los nobles, a los obispos, a toda Compostela vibrando en la explanada de la Trinidad.
Padre e hijo se encontraron cuando cayó el telón.
Padre e hijo se miraron.
Y Zonio sólo vio pena.