XXIII
Era un gigante, y lloraba como un niño.
Con el viejo, que no parecía otra cosa que una ramilla seca, Juanchón lloraba como no había llorado en toda su vida.
Gundisalvo se le había muerto en las manos.
Era un gigante, y lloraba como un niño.
Con el viejo, que no parecía otra cosa que una ramilla seca, Juanchón lloraba como no había llorado en toda su vida.
Gundisalvo se le había muerto en las manos.