Suseia (Camino de Santiago 2) XXII
63%

XXII

Nadie lo esperaba. No se había hecho ningún anuncio. Alguien debería haber dicho algo, el rey, el maese, el arzobispo, pero nadie lo hizo.

La música se apagó.

Y el telón cayó con un susurro recio, acariciando las piedras del pórtico, sobando los rostros de profetas y evangelistas, del mismo Cristo en majestad.

La tela encerada cayó a los pies de las columnas y el Pórtico de la Trinidad quedó desnudo. A los ojos del cortejo fúnebre, de la corte, del clero, de toda Compostela.

Y un último tirón del arzobispo en el brazo de Mateo lo obligó a mirar, a olvidarse de una vez de aquello, fuera lo que fuese, que lo había atrapado.

Cuando Mateo se volvió por fin, quedó mirando su propia obra, por la que había vertido sudor y lágrimas, por la que había pagado un precio. Por la que seguiría pagando.

El precio más alto.

Y la mañana, radiante, de azul estridente, llena de primavera, iluminó los rostros de toda una vida, los rostros y las expresiones que llevaba toda una vida robando para regalárselos al granito.

La luz mostró las manos, los pliegues de las telas, los instrumentos de los ancianos.

Los rostros.

Y Mateo comprendió al fin. Encontró una de las respuestas que buscaba.