XXI
Se llamaban Mendo y Barreiro. Uno tenía trece, el otro once, y el mismo Mateo los había contratado.
Eran, como lo había sido Juanillo, esportilleros de los talleres. Y les habían explicado muy bien lo que tendrían que hacer.
El arzobispo se lo había hecho repetir diez veces seguidas, y en las primeras tres, cuando uno de los dos se equivocó, ambos recibieron coscorrones de las manazas del arzobispo.
Querían hacerlo bien y se miraron el uno al otro, confundidos. Incómodos porque les habían obligado a repeinarse y a llevar túnicas nuevas, que rascaban en cada doblez, porque el lino basto aún no había sido domado por el uso.
Se miraron y Mendo, que era el pequeño, y que era pequeño para su edad, se encogió de hombros con cara de pánico, buscando en su compañero una respuesta.
El maese tenía que darles una señal.
—... La música terminará, el maese dará un paso al frente y...
Lo habían repetido, los dos, agachando la cabeza por miedo a los coscorrones, lo habían repetido una y otra vez. Bastaban dos tirones secos, uno en cada extremo, y el telón caería.
El mayor, Barreiro, que era huérfano de madre y había decidido marcharse de casa con su primera paga, porque la nueva mujer de su padre resultó ser una bruja que nada quería saber de los hijos del primer matrimonio de su esposo, Barreiro pensó que, se adelantase el maese o no,
la música había terminado.
Fue una última nota, larga y serena, que punteó un acorde que ninguno de los esportilleros reconoció.
Pero Barreiro no tenía dudas. La última nota se apagó. Y el maese forcejeaba con el arzobispo.
Barreiro miró a Mendo y asintió.
Mendo cerró los ojos, de puro miedo a los coscorrones, y rezó a toda prisa un paternóster. Y asintió también.
Cada uno en su extremo, los esportilleros tiraron de los cabos.