XX
Era cierto lo que se decía, le bastaba afeitarse los días santos y las fiestas de guardar. Era un muchacho que se había convertido en rey a las bravas, luchando con uñas y dientes.
El joven rey Alfonso tenía que demostrarle a toda la corte, y a sí mismo, que la corona no le quedaba grande.
No podía consentir. No estaba dispuesto a que le hicieran de menos.
Y aquel maese que tanto prometiera, que había asegurado que construiría un panteón que haría palidecer a Castilla, ni siquiera le hablaba. Ni lo miraba.
El rey Alfonso tenía asuntos más urgentes en qué gastar la ruina de hacienda que había heredado.
La catedral no le preocupaba tanto como la ribera del Guadiana, infestada de aquellos fanáticos almohades, y mucho menos que el malnacido de su primo, que reinaba en Castilla.
Y Armengol, su mayordomo, se inclinó hacia delante para susurrarle al oído.
—Nos ya os dijimos que no nos fiábamos de él.
Y el joven rey asintió.
—Nos creemos que no le conviene a la Corona...
No pudo acabar la frase, la música cesó de pronto. Era la señal.