Suseia (Camino de Santiago 2) XIX
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XIX

La música inundaba la Trinidad.

Y desde la explanada, el drama frente al telón era un juego de siluetas. Los artesanos de los talleres lo intuyeron. Pero las gentes de Compostela no entendieron lo que pasaba.

Y ya era tarde para ponerle remedio.

El arzobispo había hablado con Zonio, Zonio había hablado con los dos esportilleros, los esportilleros sujetaban las sogas.

Mateo lo había planeado días antes, pero ahora Mateo no reaccionaba y Mateo se volvió.

Fue extraño, el arzobispo lo sujetaba por un brazo y pareció que el maese intentase escapar, pero Mateo sólo quería mirar una vez más hacia donde estaban los nobles, a aquel tipo espigado de barbas sueltas.

—Nunca ha sido trigo limpio —sentenció Sisnando—, nos quedaremos en la calle.

Y a algunos de entre los canteros se les deshizo la lealtad en las manos, ya se veían recogiendo los trastos y buscando trabajo, tendrían que ir a Ourense, quizás aún quedaría algo por hacer en Pamplona.

Mateo tenía que reaccionar. Debía reaccionar.

Aquello ya no dependía de lo que hubiera podido hacer con la piedra, dependía de que el nuevo rey lo comprase. Mateo ya no era un cantero, era un vendedor, un mercader en el templo, y el nuevo rey tenía que convencerse, tenía que comprar.

Pero Mateo ni siquiera lo miraba.

Y cayó la última nota, la música se detuvo.