Suseia (Camino de Santiago 2) XVIII
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XVIII

El tiro de ocho caballos se detuvo. El carro dejó un último chirrido en la mañana de Compostela.

La música llegaba desde el coro.

El rey saludó, el mayordomo saludó, los nobles del cortejo saludaron. Todos se decían mentiras, nadie escuchaba verdades. Quien más y quien menos se guardaba de perder palabras que no pudieran encontrarse.

Sonrisas, apretones de manos, abrazos. Promesas.

Algún pésame tardío. Incluso el señor de Vimianzo se atrevió a soltar un chascarrillo sobre los aragoneses, y el de Pambre, para rematar, insistió en que iba siendo hora de echarse hacia Alarcos y la ribera del Guadiana, que los moros se estaban subiendo a las barbas.

Y el joven rey Alfonso no tenía los callos de su padre, pero se apañó. Quedaron con recados en el tintero, pero todos terminaron por fingirse satisfechos, como si la Corona de Galicia y León les hubiera convencido de que ellos, y sólo ellos, eran imprescindibles.

Mateo no abrió la boca.

Lo vio todo, pero a través de la niebla. De una fría niebla en noche de helada.

Se sobresaltó. Uno de los bloques se partió con un crujido. Y la música, no era la del coro, era aquella melodía, aquella del joven y el anciano. Aquellas dos que se hacían una.

Mateo dio vueltas, una hoja en un torbellino. El pelo le barrió las mejillas.

El arzobispo le decía algo, lo sujetaba por el codo con dedos sudorosos, intentaba que se enderezase, que diera unos pasos al frente, que saludara al rey, al cortejo, que le diera la bienvenida al mayordomo.

Y a Suero, con aquel aspecto de leñador, la sonrisa le quedaba como un bicho despachurrado en medio de la cara.

—Tiene que acceder —susurraba el arzobispo bajo aquella sonrisa estrafalaria.

E inclinaba la cabeza con humildad impropia.

—Hijo, ¡Mateo!, espabila... ¡Habla!

Pero Mateo tenía sus propias preocupaciones.

Todo era agitación. Gente, ruido, música. Y Mateo una boya en la tormenta, flotando a duras penas, sacudido por cada embate del mar.

Iba a preguntar por el xebo, por su hijo.

Pero el arzobispo tiró de él, los notables del cortejo fúnebre se alineaban frente al telón encerado. El rey primero, el resto detrás.

Fue el arzobispo el que habló. Disimuló. Sin soltar al maese.

Suero le hablaba al rey, bajo la música, bajo el barullo de la gente, Mateo lo oyó. Lejos, muy lejos.

Tendría que haber sido él.

—... El apóstol en persona nos recibirá entre los profetas y los evangelistas...

Tendría que haber sido Mateo. Pero era Suero, disimulando.

—... El linaje de Cristo...

Empleaba las palabras del propio Mateo. El arzobispo intentaba encubrirlo. Intentaba limpiar la mancha, pero sólo la empeoraba, la extendía. Hacía más evidente que el maese no cumplía.

—... La fachada crecerá en dos torres que no serán gemelas...

Mencionó incluso los enormes dinteles, lo difícil que había sido conseguir las piedras. Colocarlas.

Entre los arxinas había quien se mordía las uñas. Otros, como Sisnando, no podían ocultar su sonrisa, Mateo iba a fracasar, el rostro del rey era una máscara, el maese que esperaba recibir dos marcos a la semana lo miraba embobado, incapaz de hablar.

—Que lui arrive-t-il ?

Lo preguntó uno de los borgoñones, con los puños apretados. Todos sabían que perderían el trabajo.

Y el otro borgoñón no llegó a traducir.

—Je ne le sais pas —contestó mordiéndose el labio.

Faltaban Juanchón y el viejo Gundisalvo, los demás estaban allí, y, tras ellos, carpinteros, sogueros, caleros. Los talleres estaban allí, tensos como cuerdas de vihuela.

—Ha perdido el juicio —dijo el hijo de Malaquías, entre asustado y convencido.

Todos veían y todos entendían, el arzobispo disimulaba, miraba preocupado, aquellas manazas suyas tiraban del maese.

—Demenció —soltó el Sinsombra, un poco más alto.

—Cousa do demo —gritó un tercero.