XVII
No traía la fanfarria de su padre, pero la túnica, con sus leones, era la misma de veinte años antes, con la salvedad de los agujeros de las polillas.
Más modesto y solemne.
Quizá no hubiera sido apropiado, o quizá no llegaban los fondos, pero el nuevo rey, a quien le bastaba afeitarse días santos y fiestas de guardar, entró en Compostela como si se le hubiera acabado algo, casi con vergüenza.
Muy digno a través de la Puerta del Camino, como los francos, en un buen caballo y en buena compañía, incluyendo a su fiel mayordomo Armengol, un bacalao recién desalado encima de un majestuoso tordo que relinchaba muy grave.
Muy digno, pero se echaba algo en falta.
En aquellos veinte años, la Corona de León había perdido lustre.
No había corceles enjaezados, sillas repujadas al estilo del califato, tantas lanzas o alabardas. Aparentaba, pero no era.
Aun así, la Trinidad entera lanzó vivas en cuanto los músicos del frade Zonio atacaron los compases de una salve que sonó mucho mejor de lo que aparentó el cortejo fúnebre.
A bordo de un carro tirado por ocho caballos negros, con orejeras para que un reojo no los pusiera nerviosos, no se fueran a levantar de manos y desbaratar, el viejo rey viajaba en un ataúd para la ocasión, porque el original, el que se había metido en el sarcófago ocupado en San Isidoro,
se había cubierto de un moho que parecía lanilla de cordero lechal.
Los mercaderes se apartaron, los nobles también, había que hacer sitio.
El cortejo se detuvo. La música cambió, se hizo solemne, los vítores siguieron el compás, y se apaciguaron, como si toda la Trinidad, toda Compostela, hubiera comprendido que no procedían los vivas y los hurras.
García Rodríguez, él y su enorme barriga, no hacían caso a su esposa, enfundada de lujos.
Comía melindres a dos carrillos y, quizá porque todo el mundo miraba aquel carro negro con el ataúd de nogal, nadie vio que el mercader y el bacalao, que el antiguo vinatero y el mayordomo de la Corona de León, cruzaban una mirada.
Debió ser importante, quizá incluso una señal convenida, porque, por una vez, las mejillas de Armengol de Urgel cobraron color.