Suseia (Camino de Santiago 2) XVI
61%

XVI

Por supuesto que había terminado.

Pero aún faltaba mucho más por hacer. Tenía que acabar. Rematar la fachada. Levantar las torres. Sus dos torres.

Mateo no tenía dudas.

Al rey le gustaría el pórtico. La catedral sería el panteón para la Corona de León y Galicia. Lo que Mateo quería era obligar a Suero a que le levantase las perdices al mayordomo. Airear los trapos sucios.

Pero algo lo hizo callar.

A espaldas del arzobispo, en el grupo de los nobles, algo lo sorprendió, incluso le dio brillo a aquel ojo suyo que parecía carbón.

Y pasó un chiquillo corriendo.

Y empezó a sonar la música.

Y Mateo perdió el hilo.

Allí, entre la música, estaba su hijo. Allí. Y su hijo no estaba con los arxinas en la explanada de la Trinidad.

El asturiano, los borgoñones, incluso Sisnando, repeinados y con la cara lavada, junto a los comerciantes, echándose atrás para que el cortejo fúnebre avanzase.

No vio a Aldonza, sí vio a su cuñado, comiendo melindres a dos carrillos. Tenía tras él a uno de sus matones, uno de aquellos pelirrojos que siempre vestían cueros de venado.

Se le revolvieron las tripas pensando que Aldonza, quizá, estaría con el inglés Canuto.

Se equivocó. Aldonza estaba allí, envuelta en la multitud, perdida en la marea humana, estaba allí, pero Mateo no la vio.

No la vio. Y dolió.

Y dolió aún más que su hijo faltase.

Tampoco el viejo Gundisalvo.

—¿Dónde? —un susurro bajo las ojeras.

Y Juanchón, también faltaba Juanchón.

Últimamente, Mateo hablaba solo, preguntaba y respondía. Tuvo que darse una palmada en la mejilla, estaba seguro de que por allí danzaba un tábano a punto de picarle.

—¿Dónde se ha metido?

Buscaba a su hijo, y no vio a Aldonza, que no estaba con mercader alguno. Que estaba allí, con las mujeres de los canteros.

No la vio. Buscaba a su hijo.

Pero llegó el rey, con el mayordomo, y el cortejo. Y el viejo rey, el muerto, en un ataúd de nogal labrado, un buen trabajo, un trabajo de carpintero que cobra de más y sale adelante.

El carro con el muerto se detuvo, y el eje, ensamblado por un carretero de tradición en Tierra de Campos, se molestó, como si quisiera continuar la marcha, dejó en el aire un último chirrido, casi un llanto.

Mateo alzó la mirada hacia aquel chirrido, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza.

—¿Dónde?

Creía tener la respuesta. Pero sintió, una vez más, la necesidad de aplastar un bicho que paseaba por su cogote.

Y aquel rostro familiar, el que acababa de ver junto al conde de Traba.

Dónde estaba Gundisalvo, dónde estaba su hijo, dónde había visto aquel rostro.

Y Juanchón.

No pudo responder. El arzobispo le habló. Y todo se precipitó.