XV
Bastaron los dos primeros acordes.
Y toda Compostela se enderezó. Los nobles primero, no fuera a decirse lo contrario. Y siguieron los comerciantes en la explanada. Se extendió como una ola por la Trinidad.
Uno de los guardaespaldas de García Rodríguez le había conseguido una nueva ración de melindres a su amo, y daba codazos entre la multitud para regresar con ellos, tuvo que detenerse, apabullado por la reacción a su alrededor.
La cabra, en aquel diminuto escabel en el último escalón de una escalera, fue la única que siguió a lo suyo, mascando la corteza, el resto, incluso los volatineros y los chicuelos que corrían con frituras robadas, se detuvo.
Fue el momento que aprovechó su compinche para librar de algo de peso el gorro de los saltimbanquis.
Y nadie lo retuvo, ni siquiera se dieron cuenta.