XIV
Se había muerto el viejo Remigio, su maestro, hacía ya tantos años. Y ahora se le moría otro amigo, otro que también había tenido tiempo de hacerse viejo, pero Mateo estaba demasiado ocupado.
—Parlará con el rey de la ghichada de Armengol?
No se molestó en saludar, ni siquiera pidió disculpas, interrumpió sin más la conversación en cuanto abandonó el pórtico y pasó bajo el telón.
El arzobispo hablaba con su subalterno de la diócesis de Lugo, pero se giró como la peonza de un chicuelo, reconoció la voz y dejó al otro con las ganas de rematar la frase.
—¿Está hecho?, ¿has acabado?
Siempre se hacían raras las preguntas en el arzobispo Suero.
—Si agió una vez, volverá a robar —insistió Mateo—. Hay que hablar con el rex.
Pero no caló, cada uno tiraba de un extremo de la soga.
—Habrá tiempo cuando conceda los dos marcos semanales...
Mateo iba a decir algo, a interrumpir. No a contestar, pero sí a decir algo. Suero lo adivinó en aquellos ojos tan peculiares, pero el maese clavó aquellos mismos ojos, uno de cada color, en algo, o en alguien, a espaldas del arzobispo.
No hubo tiempo de averiguar el qué, o quién.
Llegó corriendo un muchacho. Pasó como una centella y, en cuanto cruzó el telón, empezó a sonar la música.