Suseia (Camino de Santiago 2) XIII
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XIII

No faltaba nadie.

Y en la explanada de la Trinidad estaba también el hermano Gutierre de Antealtares, el que era despensero la mayor parte del tiempo, herbolario cuando podía y médico cuando le dejaba el prior.

Todos los frades habían terminado maitines y marchado a la Trinidad, todos querían ver el cortejo real, y todos querían ver aquel famoso pórtico del que tanto se hablaba.

Juanchón entró de una patada, tenía las manos ocupadas.

Se encontró con frascos, retortas, hierbas colgando a secar y una enorme mesa salpicada con setas de color lila, a medio picar para algún remedio.

No había nadie.

Quizás en algún lugar un novicio, o un oblato, aún con los hábitos sin liendres y la tonsura recién hecha, pero allí, en los dominios del herbolario no había nadie, ni siquiera peregrinos aquejados de cólicos.

Los seis catres, alineados contra la pared, estaban vacíos, con recias mantas castellanas dobladas encima.

—No acabes solo, xilón, no seas imbécil...

Juanchón dudó, y terminó por apoyar al viejo en la mesa, con miedo a que se le partiese en añicos. E intentó no escucharle.

—... Mírame a mí, escarmienta en cabeza ajena.

El viejo se aupaba con cada palabra, y su puño, crispado en un gurruño de la túnica, ya no respondía, se había quedado así, engarfiado y tieso, como una de las muchas manos que había tallado en granito.

—Mi hija Lambra ni siquiera me habla...

Juanchón lloraba. El xebo había sido un segundo padre para él.

O el único padre, porque el que llevaba su sangre era un borrachuzas con la mano larga que le había sacudido como una estera hasta quedarse una cabeza más bajo y media arroba más enclenque.

Sólo entonces había empezado el esportillero a ahorrar de lo que ganaba, hasta entonces se lo había gastado aquel beodo donde el Rano.

—Aguanta, viejo, aguanta —suplicó Juanchón.

—No quiere saludarme...

Gundisalvo se atragantaba al respirar, era incapaz de abrir los ojos, algo se rompía en su pecho y su corazón se revolcaba de angustia.

Estaban solos.

Y a Juanchón lo agarró la desesperación, y lo sacudió.

—¡Virgen Santa! ¿Qué hago?

Pero el viejo no lo escuchaba. El viejo se le moría en las manos.

—Se niega, non me parla.

El viejo estaba perdido en sus remordimientos. En el pasado.

—Lambra...

Mezclaba suspiros, quejidos, palabras temblorosas.

—... Juana, si soy... ¡No! ¡Se hará lo que yo diga!

No abría los ojos, no podía. Y Juanchón escuchaba cómo se rompían aquellos añicos de una vida.

—¡No! ¡¡No!! —gemía.

Hasta que el xebo los abrió, con fuerza, tanta que Juanchón se asustó.

Gundisalvo abrió los ojos, abrió el puño, se apoyó en la mesa del herbolario, espachurró las setas y un tufo a harina húmeda lo llenó todo.

Se incorporó sin rastro de dolor.

Abrió los ojos, pero estaba ido. Y aquella misma mano, la que había dejado en la túnica un gurruño sudoroso, atrapó la pechera de Juanchón como la zarpa de un oso.

Juanchón se asustó.

—¡¿Viejo?!

Pero Gundisalvo no le hablaba a él. Le hablaba a su pasado.

—¿Cómo pretendes? ¡Has perdido la cabeza! No sabes lo que me pides...

Por un instante, se quitó cuarenta años de encima. Parecía obra del diablo. O de un dios misericordioso.

—¿Maese?, ¿casado con una puta? ¡Deliras!

Fue un arrebato, duró un parpadeo.

Gundisalvo se derrumbó como un trapo, y otra vaharada de aquel tufo a harina empapada lo llenó todo.

Se le cerraron los ojos de nuevo, Juanchón acercó una mano temblorosa, dudaba si darle un cachete al viejo, tenía miedo de romperlo.

Pero el viejo ya estaba roto.

Al menos el dolor había pasado, algún ángel, pensó el buenazo de Juanchón, se habría apiadado del xebo.

Se moría.

—Xilón?

Juanchón, con brillantes rosarios en las mejillas, hizo lo único que podía hacer.

Hizo lo que Mateo no podía hacer, porque no estaba allí, estaba en el zaguán de la catedral, estaba delante de su pórtico y cruzaba aquella tela que había mandado colocar, le esperaba el arzobispo, tenían que hablar.

Juanchón hizo lo único que podía hacer. Despegó los labios con un chasquido, tragó un pedazo del desierto que llenaba su boca e hizo lo único que podía hacer.

—Dime, xebo, dime.

Pareció que el pecho del viejo se elevaba, como si hubiera estado aplastado por uno de los dinteles del maldito pórtico, pareció que volvía a respirar.

—No lo hagas, xilón, no merece la pena.

Se fue, con un suspiro, se fue. Se le escapó uno de aquellos cuescos llenos de ciruelas, y se apagó como una vela, quedó lívido y roto en la mesa del herbolario, con un gigante a su lado, un gigante que lloraba como un niño de teta.