XII
Veinte años después, Compostela volvía a apretujarse en la explanada de la Trinidad.
Caldereros, zapateros y curtidores. Labriegos venidos del alfoz, arrieros con sus cargas, peregrinos. Pobres y ricos.
Estaban todos.
Estaban los mercaderes, envueltos en afeites y brocados, en sus dineros, que les granjeaban la primera fila, justo a la entrada de la nueva cripta de la catedral.
Con ellos, y con una sarta de rosquillas en la mano, estaba García Rodríguez, al que acompañaban dos rotundos pelirrojos. Guardaespaldas contratados por aquel socio inglés suyo que, además de no hablar una palabra de cristiano, ahuyentaban a los facinerosos con malas intenciones.
Y estaban los frades, y también novicias de San Fiz. Y los rostros sonreían, o masticaban chucherías de los puestos callejeros: buñuelos, empanadas, tostones de leche y manteca. Incluso el manco Cirilo hacía negocio y los chuchos olisqueaban los ricos aromas babeando.
Llegaba un cortejo fúnebre, pero el muerto hacía tiempo que criaba malvas.
Veinte años atrás las uñas se mordían y los pies brincaban, el miedo a la guerra había erizado los nervios, ahora, la guerra era la de siempre, contra el moro, allá abajo, allende el Tajo, donde los nietos la heredaban de los abuelos.
El ambiente era colorido, burbujeante. De fiesta.
Dos chiquillos de cara sucia corrían con las manos brillantes de la grasa y los carrillos llenos, detrás de ellos iba el abacero, con un cucharón de madera en alto, resollando.
Amenazaba con partirles la crisma abriéndose paso a empellones y, al verlo pasar, coloradote y apurado, las gentes señalaban a los ladronzuelos y reían.
En la esquina del palacio del obispo, frente al cerco de los talleres, un juglar con gorrilla de ante, subido a uno de los bloques de piedra, cantaba las hazañas del Mio Cid, entonaba meloso el triste destierro del héroe.
Bajo él y su vihuela pasaron dos judíos, con sus amplios sombreros negros de ala ancha, sus caftanes y sus rizos en las patillas, ambos señalaban las gárgolas que perfilaban las cornisas, y hablaban con escándalo de las más atrevidas, asombrados de ver allí, en las alturas,
a un tipo sujetándose las posaderas para abrir las cachas.
En la embocadura hacia la Puerta de Sofrades una troupe de saltimbanquis usaba bancos de madera para saltar de uno a otro con prodigiosos equilibrios, a la sombra de un compañero que, gracias a una pértiga, se elevaba por encima de todos ellos, como un mozo subido a una cucaña.
Y a un lado, rumiando una corteza como si fuera deliciosa, moviendo sus barbas, una cabra encaramada a un diminuto escabel colocado en lo alto de una escalera que habían pedido prestada en los talleres.
Y, en el suelo, un gorro dado la vuelta.
Aquel gorro, y las monedas que tenía dentro, desde dinares moros a maravedíes de la conquista de Toledo, las miraba embobado un criajo, sin hacer caso a los equilibrios de la cabra, más que meritorios, porque en aquel escabel apenas cabían las pezuñas,
como si las hubiera metido las cuatro en un dedal.
Un despiste bastaba para descalabrarse y romper un cuerno que, con seguridad, alguien robaría para llevárselo a un herrero, donde lo aprovecharían para hacer cachas de cuchillo.
El criajo, según lo planeado, debía afanar unas monedas, no todas, ni mucho menos, las justas para que le gritasen, pero no tantas como para que los saltimbanquis echasen a correr tras él y dejasen sin atender a la cabra o al pertiguero,
que bien podían necesitar que algún compañero amparase un despiste.
En eso había quedado el criajo con sus compadres antes de separarse, los otros dos afanarían frituras y él se encargaría del gorro y las monedas.
Pero no se movía; la cabra, allá arriba, y el pertiguero, allá arriba, lo tenían fascinado.
Y el pertiguero, allá arriba, ni siquiera había visto al criajo ni descubierto sus intenciones. Aprovechaba la altura para mirar a la florida comitiva de los nobles, segunda planta de la catedral, en el zaguán de entrada que precedía al esperado pórtico.
Y los nobles, al pertiguero, no le dedicaron más que un vistazo.
Estaban más interesados en el enorme telón con el que el maestro de obras se había empeñado en cubrir el tan esperado pórtico.
Pero no se adivinaba cómo quedaría aquella fachada por las cuatro piedras que, como pelos escapando de un moño, salían por encima de la recia tela.
Allí arriba, con la multitud a sus pies, estaba también el conde de Traba, que alardeaba, como siempre.
Y los notables del cabildo. Y el obispo de Lugo, que se había acercado en tan magna ocasión, y el arzobispo Suero, que se pellizcaba el mentón y arrugaba el hoyuelo.
Como si se hubiera bebido un barril entero de sidra y no encontrase dónde aliviar la vejiga.
Y estaba también el maestro de obras, que se había cambiado de túnica pero que no había logrado sacarse las ojeras.
Y dos de los oficiales. Y también el hermano bibliotecario, el encargado del escritorio de la catedral, porque él tendría que explicarle al rey cómo se pintaría el pórtico al tiempo que las dos torres, una a cada lado, se completaban.
Había mucha gente.
Y había uno más.
Junto a los nobles, un poco más atrás, a mano para ser útil, pero sin incordiar.
Estaba un hombre que calzaba botas de montar y vestía gambesón, que llevaba en la pechera los roeles de la casa de Traba.
Un tipo espigado, de nariz señera, con apenas una orla de pelos finos en las sienes y el cogote, y barbas largas, pero flojas, como si necesitasen riego.
Era imposible que lo supiera, pero allí, detrás del telón, en el pórtico, en la columna derecha de la arcada principal, junto a los apóstoles, tenía aquel hombre un retrato hecho en piedra, al lado de san Pedro, san Juan y el mismo Santiago.
Estaban todos.
Incluso aquel locuelo de Hidacio, el que les chillaba a las gárgolas.
Lo habían encontrado, tieso de frío, en un callejón, antes de una Pascua que anunciara buenas cosechas por la mucha nieve. Pero también estaba, porque también él tenía su retrato escondido tras el telón, entre las piedras de la catedral.
No faltaba nadie. Y Juanchón no cayó en la cuenta.